Diseñó la bandera de Israel y devolvió a la vida el shekel. Fue la mano derecha y el gran amigo de Herzl, y también el responsable de la famosa fotografía de Herzl con el emperador Guillermo II.

David Wolffsohn Durante la única visita de Herzl a la Tierra de Israel, a fines de 1898, lo acompañó una pequeña delegación, en la que destacaba David Wolffsohn, mano derecha y gran amigo del visionario del Estado judío. Wolffsohn era el responsable de las finanzas de la delegación y asesor en asuntos relacionados con la lengua hebrea y la tradición judía. El objetivo de la visita era reunirse con el emperador alemán Guillermo II, que había llegado al país para ampliar la influencia alemana en Oriente y estrechar las relaciones con Turquía, que entonces gobernaba el país. Herzl quería pedirle una concesión (una autorización) para que los judíos se establecieran allí. El cuarto día de su recorrido, Herzl se reunió con el emperador en Mikve Israel. Wolffsohn comprendió la importancia del acontecimiento y tomó dos fotografías con su cámara Kodak. «No le daré a nadie la placa fotográfica, ni siquiera a cambio de diez mil marcos», se jactó. Herzl comprendía el poder de una imagen en aquella época y aprovechó la fotografía para promover su idea sionista, tanto entre el pueblo judío como ante los dirigentes del mundo que podían ayudarlo a establecer un hogar para el pueblo judío en la Tierra de Israel.

La fotografía y la bandera nacional

Cuando se revelaron las fotografías, se descubrió que lo único que había captado el objetivo era al emperador inclinado sobre su caballo y... la punta del pie izquierdo de Herzl. Para recrear el acontecimiento, Herzl volvió a posar en el techo del hotel de Jaffa, y las dos fotografías se combinaron para crear la famosa imagen de Herzl y el emperador en Mikve Israel. Hoy hay una estatua en el lugar donde tuvo lugar el encuentro histórico, que representa aquella escena.

Además de esa famosa fotografía, David Wolffsohn nos dejó otro símbolo célebre, tal como él mismo contó: «Por orden de nuestro líder Herzl, vine a Basilea para hacer todos los preparativos para el primer congreso. Entre las muchas cuestiones que me ocupaban entonces había una que no era grande, pero tampoco fácil. Tenía algo de la gran problemática hebrea. ¿Con qué bandera adornaríamos la sala del congreso? ¿Cuáles serían sus colores? No tenemos bandera. Esta idea me dolía mucho. Hay que crear la bandera. Pero ¿qué colores elegiremos? Entonces se me ocurrió una idea: ya tenemos una bandera, blanca y azul. El talit con el que nos envolvemos durante la oración es nuestro símbolo. Saquemos el talit de su funda y despleguémoslo ante los ojos de Israel y de todos los pueblos. En aquel momento encargué una bandera azul y blanca con una estrella de David dibujada. Así nació nuestra bandera nacional».

De una infancia difícil al sionismo

David Wolffsohn nació en Lituania en 1855. Creció en un hogar ultraortodoxo y, al hacerse adulto, se trasladó a Memel, Alemania, donde se vinculó con el rabino Dr. Isaac Rülf, quien lo acercó al sionismo y a la lengua alemana. A los 18 años vivió en la casa de David Gordon, editor del periódico HaMaguid y uno de los dirigentes de los Amantes de Sion. Los días de Wolffsohn como cargador en el mercado y vendedor de fósforos fueron muy duros: trabajaba solo para poder comprarse, al final de cada jornada, un trozo de pan con el que calmar el hambre.

Tras varios años de estrechez económica, consiguió trabajo como agente en una gran empresa maderera cuyo propietario era judío. Allí quedaron al descubierto sus verdaderas aptitudes. Era honrado y carismático, y tuvo mucho éxito en las ventas. Ese éxito le dio confianza y se convirtió en un próspero comerciante independiente de madera. A los 25 años se casó con Fanny. Cuando Fanny quedó embarazada, Wolffsohn no podía sentirse más feliz, pero su hijo murió al nacer y la pareja se quedó sin hijos.

En 1884, Wolffsohn abrió una agencia llamada «Bernstein y Wolffsohn». Era una de las figuras más destacadas de la comunidad judía de Memel e incluso financió la construcción de una sinagoga allí. Cuatro años después se trasladó a Colonia, la ciudad más grande e importante del centro de Alemania, donde se dedicó al comercio de madera para traviesas de ferrocarril. También allí llegó a ser uno de los comerciantes y activistas más importantes de la ciudad. Al mismo tiempo, comenzó a participar en actividades sionistas junto con Isaac Bodenheimer, uno de los primeros directores del Fondo Nacional Judío, y fundó la «Sociedad para el fomento de la agricultura judía en Siria y en la Tierra de Israel».

La vida de David Wolffsohn cambió después de que leyera El Estado judío. «Cuando lo leí, sentí que me había convertido en otra persona», escribió. Herzl, el autor del libro, era entonces un joven doctor en Derecho. David Wolffsohn se reunió con él y así nació una profunda amistad. Con los años, Wolffsohn se convirtió en el hombre de confianza de Herzl y le fue leal incluso en los días más difíciles. Herzl lo apreciaba mucho e incluso lo inmortalizó en su libro Altneuland, en el personaje de David Litvak. En agosto de 1896, Herzl escribió en su diario: «En Berlín hubo una fuerte oposición contra mí. Wolffsohn fue el único que estuvo de mi lado y, gracias a sus esfuerzos, logró impedir que los sionistas adoptaran públicamente una postura negativa hacia mí». A fines de 1898, Herzl le escribió: «¡Mi querido Dada! Por Dios, no dejes que las cosas se duerman, pues de lo contrario todos mis esfuerzos habrán sido en vano, todos los logros serán inútiles y todo mi trabajo quedará paralizado». Dada era el apodo cariñoso que Herzl le había puesto. Y David Wolffsohn le respondió: «Tranquilízate, querido amigo, ¡tu Dada no duerme!».

Cuando se fundó el primer banco sionista, entre cuyos fundadores estaba Wolffsohn, este fue nombrado su primer presidente. Herzl veía en él todas las cualidades y aptitudes necesarias para el cargo: integridad, conocimientos de finanzas y negocios, y visión del objetivo final. Cuando hubo que decidir si se prestaría dinero a Turquía, que gobernaba el país, para obtener de ella una concesión que permitiera establecer un Estado allí, o si, como pedían otros, se invertiría en la agricultura del país, Wolffsohn se inclinó por los turcos y convirtió así el banco en un instrumento político.

David Wolffsohn devolvió a la vida el shekel, como contó él mismo: «Cuando los oradores del congreso debatieron el impuesto en dinero que todo sionista debía aportar a la organización, no encontraron un nombre para ese impuesto. Algunos lo llamaban Beitraag, otros contribución, etcétera. Al ver aquella confusión, empecé a pensar en un nombre que satisficiera a todos y concluí que no había ninguno más apropiado que shekel. Apenas hice mi propuesta, el nombre pasó a ser patrimonio de todos los oradores». Así, la cuota anual de afiliación a la organización recibió el nombre de shekel y su valor era de un franco.

Al frente del movimiento después de Herzl

La muerte de Herzl en 1904 fue inesperada. La dirección política sionista se quedó sin sucesor y el movimiento atravesó una grave crisis. Al principio se ofreció el cargo a Max Nordau, pero, cuando este lo rechazó, Wolffsohn aceptó ocupar el lugar de Herzl, aunque sin alentar demasiadas expectativas. «Pero no tendremos otro Herzl», dijo. Comenzó a ejercer como presidente del movimiento a partir del séptimo congreso, en 1905.

En su testamento, Herzl le escribió: «Siempre te he considerado el más leal de mis leales. Adiós, Dada, y no me olvides», y lo nombró tutor de sus hijos después de su muerte.

Desde ese momento, Wolffsohn tomó las riendas y lo primero que hizo fue reorganizar el movimiento. Primero, las oficinas se trasladaron de Viena a Colonia; Nahum Sokolow fue nombrado secretario general y el periódico del movimiento, Die Welt, que hasta entonces se publicaba en alemán, empezó a imprimirse en hebreo bajo la dirección de Sokolow y con un nuevo nombre: HaOlam.

En enero de 1906, Wolffsohn impulsó en Bruselas la Conferencia Mundial sobre los Problemas de la Emigración y, ese mismo año, reanudó las negociaciones con Inglaterra sobre el establecimiento de un asentamiento judío en Al-Arish. Durante su visita a Sudáfrica, hacia fines de año, recibió el apodo de «rey judío sin corona». En el octavo congreso fue nombrado presidente de la Organización Sionista Mundial (en aquellos días, el cargo equivalía al de primer ministro de los judíos), puesto que ocupó hasta su renuncia en 1911.

En julio de 1908 viajó con Sokolow a San Petersburgo para reunirse con el primer ministro ruso, Piotr Stolypin. Allí fue recibido calurosamente y le prometieron apoyo a la idea sionista, así como facilidades para los judíos del país. Ese mismo año visitó Hungría y también allí obtuvo reconocimiento para la idea sionista. Por entonces se estableció en Jaffa la Oficina Palestina, dirigida por el Dr. Arthur Ruppin, padre de la colonización obrera en la Tierra de Israel. El banco sionista fundado por Wolffsohn se expandió e inyectó oxígeno financiero en las asociaciones cooperativas de los colonos del país. De este modo, el banco se convirtió en la institución financiera más importante para los asentamientos judíos del país.

A pesar de todo, David Wolffsohn no era Herzl ni recibió el mismo respeto que él. En un discurso pronunciado en el noveno congreso, en 1909, dijo con profundo dolor: «Me acusan con vehemencia de todos los males del mundo. Uno me exige que sea un águila; otro, que sea un león. En una palabra: me exigen que sea Herzl». Sin embargo, después de todo esto, fue reelegido presidente y anunció con orgullo que, por primera vez, la sede central estaba libre de deudas.

Hacia 1910 enfermó y se trasladó a una finca que había comprado en Fráncfort. Un año después renunció a la presidencia y se retiró de toda actividad política. Todos le dieron las gracias y señalaron «que no solo supo preservar el gran legado de Herzl, sino que también logró ampliarlo». Incluso sus adversarios se lo agradecieron. Menachem Ussishkin, uno de sus opositores, se despidió de él con estas palabras: «Quiero despedirme del héroe de este congreso, David Wolffsohn. Es un héroe según la expresión de nuestros sabios: “¿Quién es un héroe? El que domina sus impulsos”».

Herzl y su esposa Julia tuvieron tres hijos. En su testamento, Herzl dispuso que sus amigos David Wolffsohn, Moritz Reichfeld y Johann Kremenezky fueran nombrados tutores de sus hijos. Tras la muerte de Herzl se descubrió que había dejado a su familia sin fuentes de ingresos suficientes (Paulina tenía entonces 14 años, Hans 13 y Trude 11). Los tres tutores y el movimiento sionista asumieron la responsabilidad por los jóvenes huérfanos, también en el aspecto económico. Al principio, Trude, la menor, fue enviada a vivir con su tía Ella, pero, cuando murió la esposa de Wolffsohn, se trasladó a su casa y lo ayudó tanto con las tareas domésticas como con los asuntos del movimiento sionista. Trude fue la única de los hijos de Herzl que formó una familia. Se casó con un industrial checo, amigo de Wolffsohn, y tuvieron un hijo, el único nieto de Herzl. Ella murió de hambre en marzo de 1943 en el campo de Theresienstadt y su hijo se suicidó al enterarse de su muerte.

En el verano de 1914, Wolffsohn estaba internado en un sanatorio de Hamburgo. Cuando cerró los ojos para siempre, Trude, que quería mucho al «tío David», estaba junto a su cama. David Wolffsohn fue enterrado en el cementerio de Colonia.

Wolffsohn legó toda su fortuna a causas sionistas. Con su dinero se construyó el edificio de la Biblioteca Nacional en el Monte Scopus, en Jerusalén, llamado «Casa David Wolffsohn»; hoy alberga la Facultad de Derecho y la Biblioteca de Derecho. En su testamento destinó una suma de dinero para trasladar los restos de Herzl a la Tierra de Israel. En 1952 también se trasladaron allí los restos de Wolffsohn y de su esposa, y fueron enterrados en el Monte Herzl, en Jerusalén. Llevan su nombre el kibutz Nir David (originalmente Tel-Amal), la colina Wolffsohn en el Carmelo y varias calles de todo el país.