No era un hombre, sino un niño pequeño; no un joven soldado, sino un combatiente de 10 años; no un juego de niños, sino una guerra sangrienta.

El 2 de diciembre de 1947, tres días después de la decisión de partición de las Naciones Unidas, comenzó la guerra por el Barrio Judío. Quien salía ya no podía regresar. El barrio quedó bajo asedio...

Nisim Guini nació en 1938 en el Barrio Judío de la Ciudad Vieja. Su madre, Miriam, llegó de Marruecos, y su padre, Isaac, llegó solo desde Turquía, siguiendo los pasos de su padre, que había sido soldado durante la Primera Guerra Mundial y murió en el país durante los combates. Nisim era el tercero de cuatro hijos. Hablaba árabe con fluidez y, como muchos niños de la Ciudad Vieja, pasó su infancia jugando con los vecinos árabes.

Cuando se aprobó la decisión de la ONU de dividir el país, Nisim tenía 9 años y dejó de jugar con sus amigos árabes. Su padre, Isaac, que trabajaba en varias panaderías de Mahane Yehuda, no podía regresar al Barrio Judío, sitiado por el ejército jordano. Nisim, que se veía a sí mismo como un soldado igual que su abuelo, fue reclutado por la Haganá para defender el barrio. Como no había teléfonos ni equipos de comunicación, Nisim servía de enlace entre las posiciones. Llevaba mensajes mientras corría de una posición a otra y entre los escombros. También era un excelente observador, pues nadie sospechaba de un niño que corría y saltaba por ahí localizando las posiciones de los francotiradores jordanos.

En la noche del 18 al 19 de mayo de 1948, una unidad del Palmaj intentó abrirse paso hasta el Barrio Judío. Los combatientes de la unidad que había tomado el monte Sion llevaban varios días de duros combates, por lo que se decidió pedir a algunos voluntarios que irrumpieran en el barrio. Veintidós personas se ofrecieron para la misión, bajo el mando de David (Dado) Elazar, quien más tarde sería jefe del Estado Mayor. Benny Maharshak, oficial de morteros y de propaganda (el «comisario político del Palmaj»), se dirigió a ellos y dijo: «¡Combatientes! Desde los tiempos de David, hace unos dos mil años, ningún judío ha irrumpido y cruzado las murallas de la Ciudad Vieja. ¡Sean valientes y avancen!»

La familia bajo asedio

Miriam, la madre de Nisim, sobrevivió en Marruecos a la viruela, pero quedó ciega de un ojo. Dos semanas después de dar a luz a su hija Haya, también perdió la vista del otro ojo. El asedio del barrio obligó a Miriam a afrontar sola su ceguera y cuidar de sus cuatro hijos. Tuvo que mudarse porque su casa estaba bajo la posición de un francotirador jordano.

Haya, la hermana de Nisim, se ofreció como auxiliar de enfermería y atendía a los heridos. El hermano mayor, Natan, también era enlace, y solo Arie, el menor, que entonces tenía 8 años, se quedó en casa al lado de su madre. Haya contó cómo se organizaron para los combates: «La mayoría de la población se movilizó para ayudar... Los adultos y los ancianos cosían sacos y los llenaban de arena para colocarlos en las posiciones, en las ventanas y en las aberturas que daban hacia los jordanos. Los niños recogían de las calles todas las latas vacías. Con ellas fabricaban granadas de mano improvisadas. Los niños también servían de observadores y enlaces. El ejército abrió pequeñas brechas por las que los niños se escabullían y pasaban de una posición a otra. Algunos de los jóvenes adultos que debían combatir se acobardaron y se escondieron en sus casas, temblando de miedo, pero la mayoría se movilizó».

A las dos de la madrugada volaron la Puerta de Sion. Dado gritó «¡Síganme!» y corrió hacia delante. Tras avanzar unos metros, se dio vuelta y vio que estaba solo: todos los demás se habían quedado dormidos. Dado los sacudió y, junto con los voluntarios, irrumpió en el barrio. Cuando llegaron, los habitantes del Barrio Judío estaban convencidos de que los soldados del Palmaj atacarían enseguida la Ciudad Vieja, pero no ocurrió. Entraron al barrio 90 miembros de la Haganá para reforzar a sus agotados defensores, mientras que los miembros del Palmaj lo abandonaron para combatir en otros sectores.

En aquellos días, los hermanos Natan y Nisim casi no se veían. Un turno seguía a otro y Natan casi nunca llegaba a casa. Pero nunca olvidaría el 27 de mayo... Así contó Natan lo de Nisim: «Almorzó con mamá... Tenía un presentimiento. Le dijo: “Mamá, esta es mi última comida. La última comida que compartimos”. Justo entonces llegaron y llamaron a la puerta. Lo llamaron. Ni siquiera era su turno; debía estar libre. “El que tenía que ir a la posición no llegó. Ve tú en su lugar”, le ordenaron. Mamá preguntó: “¿Qué quieren de él? Acaba de llegar. Ni siquiera ha terminado de comer. Denle unos minutos”. Ellos dijeron: “No, señora. Tiene que ir ahora mismo”. Su posición estaba en un extremo. Desde allí se podía ver todo lo que sucedía alrededor del barrio. Nisim entendía las cosas como un adulto, aunque era un niño. Y dijo: “¿Qué quieres que haga? ¿Que me quede en casa mientras los demás mueren?”. Se fue; dejó el plato lleno y salió».

Durante la lucha por el barrio hubo plena cooperación entre la Haganá, el Irgún y el Lehi. Se turnaban en las posiciones, e incluso compartían apoyo logístico y una fábrica de granadas. Frente a esos 200 combatientes, entre los que había niños y ancianos, equipados con pocas armas, luchaban unos 600 soldados jordanos.

«Volveré enseguida», le respondió Nisim a su madre. Y salió corriendo. Al terminar la misión, regresó a su puesto de guardia y entonces vio un movimiento sospechoso. Nisim levantó la cabeza y recibió un disparo de un francotirador. Su hermana Haya lo encontró en el hospital: «Lo hirieron en su puesto y lo trasladaron rápidamente al hospital, que estaba muy cerca. Yo atendía a los heridos y, de pronto, vi que lo traían. Me angustié y empecé a gritar y a llorar. Las enfermeras me llevaron y me tranquilizaron. Me dijeron: “Es la guerra, sabes que no hay nada que hacer. Mira cuántos heridos y muertos hay”, pero yo contesté que era mi hermano, ¡mi propia sangre! Después me senté a su lado e intenté hablar con él. Lo llamé por su nombre; por un segundo abrió los ojos y me miró, y eso fue todo. Ese es el último recuerdo que tengo de él. No podía hablar porque había perdido mucha sangre. La bala le entró por la mandíbula y salió por la nuca. Si hubieran tenido todos los medios necesarios para atenderlo y suficientes unidades de sangre para transfundirle, podrían haberlo salvado, pero no los tenían. Cuando volví a casa, no le dije nada a mamá. Por la mañana llegó Shoshana y me dijo que Nisim había muerto a causa de sus heridas; mamá no se enteró hasta el mediodía». Nisim tenía diez años cuando murió. Al día siguiente cayó el barrio.

La caída del Barrio Judío y la memoria

El viernes 28 de mayo de 1948, a las 16:00, después de 13 días de combates ininterrumpidos y seis meses de asedio, Moshe Rusnak, el último comandante del barrio, firmó la rendición ante el comandante de la Legión Árabe jordana, Abdullah el-Tell.

En la ceremonia de rendición, Abdullah el-Tell hizo formar a todos y pidió a los combatientes que dieran un paso al frente. Treinta y cinco jóvenes combatientes, algunos de ellos niños, avanzaron. Abdullah separó a otros 290 hombres y los agregó a los «combatientes», entre ellos un combatiente de 78 años... Durante la ceremonia de rendición dijo: «Si hubiera sabido que eran tan pocos, habría venido a enfrentarlos con palos».

Así lo contó Natan: «Se pidió a los habitantes que salieran de sus casas y fueran a los refugios; después les dijeron que volvieran a sus casas y, más tarde, volvieron a pedirles que salieran hacia los refugios. Los jordanos nos gritaban: “Deir Yassin, Deir Yassin”. No sabíamos lo que había ocurrido allí, pero ellos sí y querían vengarse de nosotros. Un general jordano anunció por un altavoz una orden del rey Abdullah: que dejaran salir a los judíos como quisieran y que no les hicieran daño; si se descubría que un soldado jordano había agredido a un judío, sería juzgado». Sacaron a los combatientes por la Puerta de los Leones y los llevaron a Jordania, donde permanecieron unos nueve meses en duras condiciones de cautiverio. Las mujeres y los niños, entre ellos el hermano y la hermana de Nisim, salieron por la Puerta de Sion y fueron trasladados a Katamon.

En la defensa del barrio murieron treinta y nueve soldados y unos ciento treinta más resultaron heridos. Treinta y cuatro combatientes y civiles fueron enterrados en una fosa común. Más tarde, los jordanos encontraron otros 14 cuerpos de soldados y los enterraron en una sola tumba en el estrecho callejón junto a la plaza de Batei Mahase, donde hoy hay un memorial.

La caída del barrio fue el fracaso más grande y doloroso que sufrimos durante la Guerra de Independencia. Los judíos abandonaron el barrio después de haber vivido allí durante unos 700 años.

Después de la Guerra de los Seis Días, Israel volvió a buscar a los caídos. El Barrio Judío estaba en ruinas y resultaba difícil identificar la fosa común. Una vez localizada, se inició la identificación de los caídos, y Nisim fue identificado por sus dientes de leche. En un funeral de Estado, los caídos fueron enterrados en una fosa común en el Monte de los Olivos. El nombre de Nisim Guini quedó inscrito en el memorial erigido en el cementerio militar del Monte Herzl: fue el más joven de los caídos en las guerras de Israel. Smadar Shir escribió el libro «Dientes de leche» sobre Nisim Guini.

Fotos de esta historia: ניסים גיני
קבר האחים של חללי הרובע היהודי בהר הזיתים, שבו נקבר ניסים גיניצילום: מרכז מידע הר הזיתים, CC BY-SA 4.0, ויקישיתוף

La única fotografía que se conserva de Nisim es la foto de su clase. Un niño soldado con una kipá grande.