La combatiente del Etzel que participó en las heroicas misiones que pasaron a la historia de la organización y se hizo conocida después de recibir una condena a cadena perpetua.
El duelo por Jabotinsky
En el verano de 1964, tras una gran controversia entre los líderes de la nación, los féretros de Ze'ev Jabotinsky y de su esposa, Yojana, fueron sepultados en Israel. Fueron recibidos en el aeropuerto en una ceremonia imponente, y una guardia de honor de fieles al movimiento Etzel acompañó sus féretros. Entre ellos estaba Rajel Levy, elegida para depositar una corona de flores sobre el féretro de Yojana. Rajel recibió con profunda tristeza la noticia de la muerte de Jabotinsky en el verano de 1940 y escribió en su diario: «¿Qué puedo contar yo, la única aquí en la cárcel, que lloro entre miles de personas que lloran a nuestro gran presidente...? El pastor se ha ido y ha dejado un rebaño atónito, solo en el campo de batalla. Se ha ido aquel “hombre de hierro” y ya no verá el resurgimiento de Israel. Nos han arrebatado a un profeta que sacrificó su corazón por el pueblo y la patria. Aquel león ya no rugirá, ¿y quién ocupará su lugar? ¡Corazón mío, corazón mío, por ti, mi presidente! ¿Quién me diera morir yo en tu lugar? Mi corazón está destrozado y ya no tengo fuerzas para soportar esta desgracia que cayó de golpe en medio de nuestros sueños... Y por la noche, sola con un ejército de pensamientos sombríos, me senté junto a la ventana mientras una enorme ola de dolor crecía en mi corazón; me llevé la mano a la boca para ahogar el grito que brotaba de mi garganta... No hay nadie que oiga mi grito, solo las montañas, las estrellas y la oscuridad.»
En 1936 comenzó la revuelta árabe, dirigida principalmente contra los británicos y contra su intención de permitir la creación de un Estado judío, como expresaba la Declaración Balfour: «El Gobierno de Su Majestad ve con buenos ojos el establecimiento de un hogar nacional para el pueblo judío en Palestina». La revuelta continuó hasta marzo de 1939, cuando los británicos publicaron el tercer Libro Blanco, cuyos puntos principales eran: «Palestina no puede pertenecer ni a los árabes ni a los judíos. El Gobierno británico deja claro que no tiene intención de convertir a los árabes en súbditos de un Estado judío contra su voluntad». Además, los británicos empezaron a limitar la inmigración a Palestina: «La cuota de inmigración judía durante los próximos cinco años será de un total de 75.000 personas». Todo esto ocurría mientras en Europa operaba la maquinaria nazi de exterminio...
Eran días insoportablemente difíciles para la comunidad judía de Palestina. Por un lado, los árabes perpetraban pogromos y masacraban a judíos; por el otro, los británicos hacían caso omiso de esos actos e imponían restricciones a la comunidad judía. Los combatientes de las organizaciones clandestinas decidieron poner fin a la política de contención y comenzaron a atacar concentraciones de población árabe. No todas las acciones de represalia tuvieron éxito. Uno de los fracasos ocurrió en julio de 1938. Yaakov Raz, combatiente del Etzel, caminó hacia el mercado de la Ciudad Vieja disfrazado de árabe y con una cesta que contenía una bomba a la espalda. Ese día, los árabes habían declarado una huelga general, así que, cuando Yaakov dejó la cesta junto a una tienda cerrada, los transeúntes empezaron a sospechar de él. Los árabes lo capturaron, lo apuñalaron y lo llevaron a interrogar a la policía de investigaciones británica. Yaakov Raz no resistió y murió unos días después.
Rajel se une a los mistaarvim
Rajel (Ohevet-Ami) Habashush aún no había cumplido 17 años cuando se unió al Etzel. Tenía aspecto oriental y hablaba árabe con fluidez (su padre había llegado a Palestina desde Yemen y su madre desde Marruecos). Al principio le propusieron trabajar en labores de inteligencia, pero Rajel juró que tendría éxito allí donde Yaakov Raz había fracasado y exigió ser combatiente y participar en operaciones. Su determinación dio resultado y se unió al grupo de combatientes que se infiltraban entre los árabes de la organización.
El arresto del comandante del Etzel, David Raziel, en mayo de 1939 llevó a la organización a realizar operaciones de represalia contra los árabes. Un grupo de combatientes infiltrados, entre ellos Rajel Habashush, todos con aspecto árabe, llegó al cine Rex de Jerusalén para ver la película Tarzán. Unos minutos después de comenzada la película, se oyó una fuerte explosión y Rajel y sus compañeros lograron escapar aprovechando el caos en la sala. La operación se cobró cinco vidas y dejó 18 heridos. Se consideró un éxito parcial, ya que entre los muertos había un hombre y una mujer judíos.
Rajel Habashush nació en 1922 en el barrio de Rujama-Mekor Baruj de Jerusalén, hija de Nisim y Aliza (Farja) Habashush. Su padre era albañil, había llegado de joven desde Yemen y había sido alumno de Nisim Behar (director de la escuela Torá y Trabajo). En el sótano de su casa se entrenaban miembros de la organización clandestina. Yejiel, el hermano mayor de Rajel, perteneció a la Compañía del Muro y más adelante fue comandante de «Haotzarón» en el Etzel. Su hermano Itzjak se alistó en el ejército británico a los 16 años y sirvió como conductor. Al ser dado de baja en 1946, se unió al Leji y fue comandante del campamento de Lifta y, más tarde, del campamento Dror, en el barrio de Talbiya. En Lifta conoció también a Rut, su futura esposa, que asimismo se había alistado en el Leji. Tras el asesinato del conde sueco Folke Bernadotte, cerca de 200 miembros del Leji fueron arrestados y encarcelados en prisiones de todo el país. Entre los detenidos estaban también Rut e Itzjak, encarcelados en la prisión de Acre. Rajel Habashush se hizo conocida tras una operación en solitario que fracasó. La operación se fijó para el 9 de junio de 1939, cuando familias árabes acudían a visitar a sus parientes en la prisión central del Complejo Ruso. El comandante de Rajel, Yaakov Eliav (Yashka), quería asesinar «a los miembros de las bandas árabes que ya habían sido juzgados y estaban presos [...] así como a quienes los visitaban». Rajel fue llevada en automóvil cerca de la prisión y desde allí caminó, con el rostro cubierto por un pañuelo, cuesta arriba por la empinada calle de San Pablo. Llevaba una cesta llena de verduras, con una bomba pesada en el fondo. Rajel detuvo a un muchacho árabe que vendía ka'ak y le pidió ayuda para llevar la cesta con la bomba, cuyo contenido, según le dijo, estaba destinado a su hermano.
El muchacho empezó a sospechar por varios errores que cometió Rajel. El dialecto árabe que hablaba, el gran peso de la cesta y, sobre todo, el pan que llevaba, que era «pan judío» y no una hogaza árabe típica. El muchacho dejó la cesta en la explanada frente al Complejo Ruso y compartió sus sospechas con uno de los policías árabes que estaban allí. El policía se acercó de inmediato a Rajel y le explicó que en esos días todos debían estar alerta; le exigió que le permitiera registrar sus pertenencias. Rajel se negó rotundamente y lo apartó. El policía árabe pidió ayuda a dos policías británicos y juntos le quitaron la cesta. Al descubrir la bomba, comprendieron que era una bomba de tiempo y llamaron al lugar a Fred Clark, experto en desactivación de bombas, quien la neutralizó. Se sorprendió al descubrir que se trataba de una carga explosiva de 15 kilos y que el temporizador estaba programado para las 11:00. Clark murió dos días después mientras intentaba desactivar un paquete explosivo que el Etzel había colocado en los buzones de la oficina central de correos de Jerusalén.
El juicio y la sentencia
Rajel fue arrestada y llevada a interrogar. Se negó a responder las preguntas de sus interrogadores y declaró que solo daría su versión ante el tribunal. La trasladaron a la prisión de mujeres junto al Complejo Ruso y, cuatro días después, compareció en un juicio que tuvo repercusión en el país y en el extranjero. El 13 de junio de 1939 apareció una noticia en el periódico Haaretz: «La acusada es una joven de baja estatura, con grandes rizos negros y un rostro redondo que no deja traslucir sus sentimientos. Escucha atentamente el desarrollo del juicio y a veces reacciona a las declaraciones de los testigos con una sonrisa. A su lado, en el banquillo de los acusados, están sentados su padre (Nisim Habashush), su madre y su hermana mayor, con un policía británico armado entre ellos. Al otro lado está sentada una policía árabe uniformada y, junto a ella, otro policía británico armado. Su padre, un judío yemenita de edad avanzada, parece tranquilo pese a la gravedad de la acusación contra su hija. Su madre también... Por primera vez desde que se inauguraron los tribunales militares, hace 18 meses, entre los periodistas se encuentran también representantes de periódicos árabes de Palestina y Egipto. El comienzo del juicio estuvo cargado de tensión. Unos quince minutos antes de que entraran los jueces, hicieron pasar al público que esperaba el inicio del juicio. Unos instantes antes de las nueve, el fiscal llevó una cesta, una gran caja de hojalata (que contenía la bomba) y otros objetos pequeños, y los puso sobre la mesa que tenía delante. Todos observaron aquellos objetos desde lejos. Unos momentos después trajeron a la acusada, acompañada por una policía árabe y cuatro policías británicos armados. En cuanto tomó asiento, entraron tres jueces y comenzó el juicio. A la pregunta del presidente del tribunal, la acusada respondió en voz alta: “No soy culpable”.»
Uno de los temas centrales del juicio fue la edad de Rajel. Si tenía más de 18 años, la condenarían a muerte. La acusación presentó como testigo a un médico del gobierno, quien sostuvo que, según las radiografías de sus huesos, Rajel tenía entre 19 y 20 años. Por su parte, el abogado defensor, el letrado Goitein, presentó a un médico judío experto en radiografías, con 18 años de práctica en Palestina y Egipto. Este afirmó que había examinado las radiografías tomadas por el médico del gobierno y había llegado a la conclusión de que la acusada tenía menos de 18 años, teniendo en cuenta que era hija de padres orientales. Según él, en las radiografías, la diferencia entre una persona europea y una oriental (judía o árabe) podía llegar a ser de un año y medio. Esto era especialmente cierto considerando que el padre de la acusada era originario de Yemen, mientras que su madre procedía de Marruecos. Finalmente, el tribunal aceptó el argumento de la defensa y dictaminó que Rajel tenía menos de 18 años.
El veredicto: la acusada Rajel Ohevet-Ami Habashush fue condenada a cadena perpetua.
«La acusada recibió el veredicto sin mostrar emoción alguna y, después de despedirse con un apretón de manos de su abogado defensor y de sus padres, fue devuelta en un automóvil cerrado, escoltado por un fuerte contingente de policías británicos y una policía árabe, a la prisión de mujeres de la explanada de San Pablo», publicó el periódico Haaretz.
El Etzel planeó rescatar a Rajel de la prisión de mujeres de Jerusalén, pero el plan no llegó a concretarse. Rajel fue trasladada a la prisión de Belén y en julio de 1939 comenzó a cumplir su condena.
La prisionera se convierte en símbolo
A lo largo de los años, distintos sectores aprovecharon su historia con diversos propósitos. El periódico londinense The Times escribió que los británicos no veían diferencia alguna entre los actos terroristas de los judíos y los de los árabes: «El terrorismo judío, cuya existencia no ofrece duda, es abominable, tan abominable como el terrorismo árabe; sin embargo, menoscaba considerablemente el valor de los judíos, su superioridad moral, y tiñe su lucha de un color sombrío cuya descripción encoge el alma». También añadieron que «esta es la primera vez que las autoridades logran encontrar pruebas concluyentes del origen de las bombas que causan estas muertes. Se podría haber pensado que su origen era judío, pero al público le faltaban pruebas concluyentes de ello».
El caso acaparó titulares en todos los periódicos del país y del extranjero. La amplia difusión de la historia de una joven que había tenido la intención de atacar a hombres y mujeres causó incomodidad, como se reflejó en los comentarios de periódicos judíos publicados en Polonia, y desde luego provocó controversias entre sionistas y no sionistas, y entre la derecha y la izquierda. Estos últimos la retrataron como una joven ingenua enviada a cumplir su misión sin ser consciente de todos los peligros. El poeta Uri Zvi Greenberg les respondió en el boletín del movimiento revisionista en Polonia y escribió que la operación de Rajel Habashush era comparable a todas las acciones radicales de otras mujeres de aquella época, entre ellas las integrantes del Bund y de Hashomer Hatzair, y que Rajel comprendía la realidad política y conocía los riesgos; por eso, debía considerársela nada menos que una heroína.
El Etzel la ensalzó y la comparó con Sara Aaronsohn, miembro de Nili, que se suicidó en el centro de detención. La propia Rajel era consciente de que se había convertido en instrumento de propaganda y escribió con franqueza en su diario: «Sabía que mi vida estaba arruinada y que pasaría muchos años entre estos muros sombríos. Creo que aquella noche lloré en silencio, con la cabeza hundida en el mismo colchón sucio que me servía de cama». Un año después de su encarcelamiento, cuando se enteró de la muerte de Jabotinsky, escribió desesperada en su diario: «No hay nadie que oiga mi grito, solo las montañas, las estrellas y la oscuridad».
Algunos periódicos pidieron a sus lectores que fueran a la prisión de Belén y le gritaran: «Rajel Habashush, somos nosotros», y añadieron: «A través de ella hablaremos otro idioma, la lengua de la yemenita». Al igual que la tumba de Trumpeldor en Tel Jai y la de Sara Aaronsohn en Zikhron Ya'akov, la prisión de Belén se convirtió en lugar de peregrinación para los miembros de Betar. En una ocasión, Rajel recibió una delegación de nada menos que 200 visitantes. Subió al techo de la prisión y los recibió con un vestido blanco y un pañuelo azul, los colores de la bandera del Estado que estaba por nacer. Se convirtió en símbolo nacional de la mujer hebrea. En junio de 1942, su madre escribió una carta al alto comisionado y le pidió que tuviera consideración con ella, pues no hablaba solo en su propio nombre, sino en nombre de toda la comunidad judía de Palestina.
Con el paso del tiempo, parecía que Rajel permanecería en prisión muchos años más. En una carta enviada en septiembre de 1942 al comandante en jefe del ejército británico en Palestina se escribió: «A la luz de las circunstancias del caso, estaba bastante claro que esta joven no actuó por iniciativa propia, sino que sirvió de instrumento en manos de otras personas, bajo cuyas órdenes y siguiendo sus instrucciones actuó». Más adelante se decía que «un familiar cuenta que miembros de la familia de esta joven fueron asesinados o gravemente heridos durante los disturbios de ese año» (1929). Y hacia el final añadían que «la joven pertenece a una familia honrada y decente, y uno de sus hermanos prestó servicio en el gobierno» (Itzjak), y aseguraban que «si liberan a la joven a tiempo, habrá muchas posibilidades de que se convierta en una miembro útil y honrada de la sociedad».
Siete años después, en 1946, quien había sido la primera mujer judía condenada a cadena perpetua recibió el indulto del alto comisionado y fue puesta en libertad.
Su muerte y la memoria posterior
En aquella época se ensalzaba a quienes habían entregado la vida, y como ella sobrevivió (aunque pasó sus mejores años en prisión), su historia se fue desvaneciendo entre las páginas de la historia. Rajel (Ohevet-Ami) Habashush murió en 2011. En su elogio fúnebre, su hermana escribió sobre ella: «A Ze'ev Jabotinsky lo llamaron el primer prisionero de Judea cuando estuvo preso en la cárcel de Acre, y tú te ganaste con razón el título de primera prisionera de Judea. La Organización Militar Nacional y el Estado que estaba por nacer te enviaron a una misión que ponía en peligro tu vida, y la cumpliste sin dudar ni vacilar... Al salir de prisión cerraste un capítulo heroico de tu vida y abriste otro, en el hogar, con una familia, hijos, nietos y bisnietos. Con extraordinaria humildad y sencillez rechazaste los intentos de acercamiento del partido, de los medios de comunicación y de los miembros de la Knéset. Dijiste: “Hice lo que debía hacer y con eso el asunto quedó concluido”. Ni siquiera nosotros, tu familia, conseguimos hacerte hablar del tema; nos rechazabas con delicadeza, pero con firmeza. Descansa en paz y cuida desde las alturas a todos los que te quieren».
La hija de Rajel, Aliza Meltzer, entregó su diario al Museo de los Prisioneros de las Organizaciones Clandestinas de Jerusalén. En la fotografía: Rajel Ohevet-Ami sostiene una corona de flores; fue elegida para representar a las combatientes del Etzel cuando llegaron los féretros de Ze'ev Jabotinsky





תגובות
עדיין אין תגובות.