La enfermedad les arrebata gradualmente la independencia a quienes la padecen. Comienza con fatiga crónica y continúa con debilidad en las extremidades, que obliga a usar muletas durante años. Aunque la enfermedad afectaba a unos 3 millones de personas cada año, no hubo una respuesta médica adecuada hasta que se produjo este avance.

Ilan Tamir y la esclerosis múltiple

Mi amigo Ilan Tamir es una de esas personas que, con una breve conversación, consiguen que las admires. Es teniente coronel en la reserva, ex piloto de combate de la Fuerza Aérea y piloto de El Al. Pilotó aviones 15F ("Baz") en el escuadrón 106 (Punta de lanza) y en el escuadrón 133 (Caballeros de la cola doble); fue instructor en la escuela de vuelo y es un nadador destacado (y siempre se las arreglaba para hacerme sentir lento cuando hacíamos spinning). La vida de Ilan cambió en el verano de 2006, cuando le diagnosticaron esclerosis múltiple. Tuvo que despedirse del casco y el traje de vuelo, y hoy se desplaza con muletas y vive en un apartamento adaptado a sus necesidades. En retrospectiva, Ilan había sufrido síntomas de la enfermedad, como agotamiento y fatiga, y más adelante tuvo dificultades para caminar y arrastraba los pies. Volveremos a hablar de Ilan más adelante.

Cada año se diagnostica esclerosis múltiple a unos 3 millones de personas en el mundo, y la enfermedad es tres veces más frecuente en mujeres que en hombres. El profesor Jean-Martin Charcot, neurólogo y psiquiatra francés, fue el primero en diagnosticar la enfermedad como tal, en 1868. La esclerosis múltiple (Multiple Sclerosis - MS) es uno de los desafíos más complejos y fascinantes de la neurología moderna. Es una enfermedad inflamatoria crónica, de carácter autoinmune, que ataca el sistema nervioso central, compuesto por el cerebro y la médula espinal. En su origen hay un fallo funcional del sistema inmunitario: en lugar de cumplir su función habitual de proteger al cuerpo de agentes extraños, como virus y bacterias, identifica por error componentes del propio organismo como enemigos. El principal objetivo de este ataque es la mielina (Myelin), una sustancia grasa que recubre las fibras de las células nerviosas (los axones) y funciona como una capa aislante y protectora.

La mielina es fundamental para el funcionamiento del organismo. Permite transmitir de forma rápida, eficiente y fluida las señales eléctricas del cerebro a los distintos órganos del cuerpo. El daño a la mielina, conocido como desmielinización (Demyelination), provoca la formación de zonas endurecidas y cicatrizadas llamadas "esclerosis" (Sclerosis). Cuando la señal nerviosa se encuentra con esas zonas, pierde velocidad, puede "mezclarse" con otras señales o detenerse por completo, lo que altera totalmente la comunicación entre el cerebro y el resto del cuerpo. Con el tiempo, este proceso puede volverse irreversible y destruir por completo las propias fibras nerviosas. Intenten imaginar un cable eléctrico cuyo recubrimiento de plástico está rasgado y deja expuesto el alambre: puede producirse un cortocircuito que impida el paso de la corriente e incluso provoque un incendio.

El diagnóstico de la enfermedad es un proceso complejo. Los síntomas de la esclerosis múltiple son variados e irregulares, y dependen de la ubicación exacta del daño en el sistema nervioso. Quienes la padecen pueden experimentar alteraciones de la sensibilidad, como entumecimiento y hormigueo (sensación de pinchazos), debilidad en las extremidades, problemas de visión, mareos (vértigo) y dificultades para mantener el equilibrio. Además de sus efectos físicos, la enfermedad repercute profundamente en la calidad de vida y provoca fatiga extrema, problemas de concentración y cambios de humor, incluida la depresión. Hasta hoy no se sabe con claridad qué causa la enfermedad, ni hay conocimientos suficientes para describir de manera concluyente la combinación de factores que desencadena su aparición.

Copaxone: del laboratorio al medicamento

Hasta 1993 no existía ningún tratamiento preventivo probado para la enfermedad. Los primeros tratamientos aprobados fueron distintas formas de interferón beta (Interferon-beta), conocidas por sus nombres comerciales, como Betaferon, Avonex, Rebif y Plegridy. Copaxone (conocido por su nombre químico, acetato de glatiramer) comenzó a utilizarse en paralelo con los primeros interferones, a partir de la década de 1990. Copaxone se administra mediante inyección y ha demostrado ser eficaz para reducir la frecuencia de los brotes en pacientes con la forma remitente-recurrente de la enfermedad. A diferencia del interferón beta, que puede provocar síntomas parecidos a los de la gripe y depresión, los efectos secundarios de Copaxone incluyen principalmente enrojecimiento localizado de la piel y, en casos poco frecuentes, una sensación temporal de opresión en el pecho y ansiedad que no es peligrosa.

La historia del desarrollo de Copaxone, o acetato de glatiramer (Glatiramer Acetate), como se conoce científicamente, es una de las más fascinantes de la ciencia israelí y mundial. Comenzó a finales de la década de 1960 en el Instituto Weizmann de Ciencias, bajo la dirección de los profesores Michael Sela y Ruth Arnon y de la joven científica, la doctora Débora Taitelbaum, protagonista de nuestra historia. Al principio, la investigación estaba dirigida a crear un modelo de la esclerosis múltiple para comprender mejor sus mecanismos. Los investigadores querían sintetizar moléculas parecidas a proteínas, llamadas copolímeros (Copolymers), que imitaran los componentes de la mielina y provocaran que el sistema inmunitario de los animales de laboratorio las atacara y que estos desarrollaran una enfermedad similar a la esclerosis.

Durante más de un año, Débora Taitelbaum, que entonces era estudiante de doctorado, trabajó en la síntesis de distintos materiales e intentó inducir la enfermedad en animales de laboratorio. Todos los experimentos fracasaron y las sustancias inyectadas no provocaron ningún síntoma de enfermedad. En ese momento, en lugar de abandonar la investigación, el equipo tuvo una idea revolucionaria: si esos polímeros artificiales no provocaban la enfermedad, quizá actuaban como inhibidores al competir con las proteínas originales del organismo. Es decir, tal vez habían encontrado por casualidad la manera de frenar la enfermedad.

En 1971, el descubrimiento se convirtió en una realidad científica. Los copolímeros, y en particular el denominado copolímero 1 (Cop 1), demostraron una eficacia extraordinaria para suprimir y bloquear la enfermedad en animales. Se descubrió que Cop 1 no solo evitaba la aparición de la enfermedad cuando se administraba antes del estímulo dañino, sino que también podía suprimir los síntomas en animales que ya la habían contraído.

El paso del laboratorio a un uso clínico amplio tomó casi tres décadas de arduo trabajo. En 1974, el Instituto Weizmann registró la primera patente, en la que Sela, Arnon y Taitelbaum figuraban como inventores a partes iguales. En 1987, la compañía farmacéutica Teva obtuvo la licencia para desarrollar y comercializar el medicamento, en una decisión que transformó la empresa y la economía israelíes. Hasta ese año, Teva se había dedicado a distribuir medicamentos genéricos; es decir, esperaba a que venciera la patente de la empresa que había desarrollado el medicamento original y entonces producía un fármaco con el mismo principio activo, en la misma dosis y forma farmacéutica (como comprimido o jarabe) que el medicamento original. Esto significa que Teva no invertía en el desarrollo de medicamentos nuevos.

Copaxone fue el primer medicamento original de Teva. Se lanzó en Israel a finales de 1996 y en Estados Unidos en marzo de 1997, y pronto se convirtió en la principal fuente de ganancias de la compañía. Lo mismo ocurrió durante su primer año completo en el mercado estadounidense. En pocos años, Copaxone se convirtió en el medicamento líder en Estados Unidos para el tratamiento de la esclerosis múltiple, con una cuota de mercado superior al 25%. En tres años, las ventas mundiales de Copaxone alcanzaron los 247 millones de dólares. Se convirtió en el medicamento más rentable de Teva y generó un capital disponible considerable que permitió a la compañía adquirir otras empresas. Con el paso de los años, Copaxone llegó a representar más del 60% de las ganancias operativas de Teva.

Débora Taitelbaum y el camino a la patente

Débora Savitsky nació en Tel Aviv en 1941, hija de padres que habían emigrado de Polonia en la década de 1930. Estudió en la escuela primaria Ahad Ha'am y ya entonces se podía reconocer que era una niña superdotada. En la secundaria empezó a interesarse por la ciencia y estudió en la orientación de biología. En 1962 se casó con Jaim Taitelbaum, a quien había conocido en el ejército. Con el tiempo, Jaim llegó a ser jefe del Departamento de Mantenimiento de la Dirección de Intendencia, con el rango de coronel, y subjefe de la Dirección de Planificación, con el rango de general de brigada. Al terminar el servicio militar, Débora comenzó a estudiar biología en la Universidad de Tel Aviv y en 1966 obtuvo una maestría. Cursó el doctorado en el Instituto Weizmann, bajo la dirección de la profesora Ruth Arnon, en el Departamento de Inmunología. Allí comenzó el camino que conduciría al desarrollo de Copaxone.

Uno de los momentos más importantes de la biografía de Débora Taitelbaum fue su decisión de renunciar a la trayectoria académica independiente tradicional. Después de terminar el doctorado en 1974, optó por no ir de inmediato a realizar estudios posdoctorales en el extranjero, una etapa fundamental para quien aspira a convertirse en profesor y dirigir un grupo de investigación independiente. La razón fue familiar. Su esposo, Jaim, ocupaba puestos militares muy exigentes y pasaba largos períodos fuera de casa. Débora decidió asumir la mayor parte de la responsabilidad de criar a sus dos hijos, Shay y Sagit, y permaneció en el Instituto Weizmann como investigadora asociada.

La profesora Ruth Arnon señaló que quizá esa renuncia favoreció el proyecto de Copaxone, ya que permitió que Débora siguiera participando activamente y desempeñara un papel central en su desarrollo de principio a fin; de haber seguido otra trayectoria, podría haberse dedicado a investigar otros temas. Sin embargo, el costo personal fue evidente: Débora no llegó a ser profesora ni dirigió su propio laboratorio, pese a que su contribución científica fue equivalente a la de sus colegas de mayor rango, que recibieron prestigiosos premios.

En 1980, cuando las circunstancias lo permitieron, Débora realizó una estancia de un año en la Universidad Tufts, en Estados Unidos. Para entonces, ya era demasiado tarde para iniciar una carrera académica como miembro independiente del profesorado. Siguió trabajando en el Instituto Weizmann como científica sénior y fue el principal enlace con Teva y su asesora de referencia en todo lo relacionado con los ensayos clínicos y los aspectos biológicos del medicamento.

"Su tesis doctoral fue, en realidad, la base para el desarrollo de Copaxone. Por eso figura en la patente con la misma participación que los demás inventores", contó años después la profesora Arnon. "Su contribución al proyecto de Copaxone fue extraordinaria, tanto en su trabajo doctoral como en los años siguientes. Era su proyecto".

Una parte de las regalías del medicamento fue para el Instituto Weizmann, y a lo largo de los años esos cientos de millones de shekels financiaron otras investigaciones. Otra parte de las regalías fue para los propios investigadores que figuraban en la patente. Según las estimaciones, el equipo de investigación, incluida Débora, ganó decenas de millones de dólares, que se invirtieron, entre otras cosas, en impulsar la ciencia, en empresas emergentes y en filantropía. Gracias a las cuantiosas regalías, el profesor Sela se convirtió en mecenas de la compañía de danza Batsheva.

Es importante señalar que el trabajo de Débora se apoyó en el de grandes científicos que la precedieron. Ya en la década de 1950, el profesor Ephraim Katzir, del Instituto Weizmann de Ciencias y posteriormente cuarto presidente del Estado de Israel, había empezado a investigar las propiedades de las proteínas, los componentes básicos de todo sistema biológico. Para su investigación, desarrolló modelos sintéticos sencillos llamados "poli(aminoácidos)". Su alumno de aquellos años, el profesor Michael Sela, quien más adelante sería presidente del Instituto Weizmann y recibiría el Premio Israel, decidió estudiar el efecto de esas moléculas sintéticas en el sistema inmunitario. Sela, junto con su entonces alumna, la profesora Ruth Arnon, quien posteriormente presidiría la Academia Nacional de Ciencias y recibiría el Premio Israel, y la doctora Débora Taitelbaum, llevaron a cabo numerosos experimentos pioneros. Esos estudios condujeron finalmente al desarrollo de Copaxone.

La investigación tardía y la despedida

Débora no se durmió en los laureles tras el éxito de Copaxone. Siguió investigando los mecanismos del medicamento casi hasta sus últimos días. Entre otras cosas, dirigió estudios sobre la posibilidad de tomar Copaxone por vía oral. En 2007, poco antes de morir, participó en una investigación pionera que identificó características genéticas que influyen en la respuesta de distintos pacientes al medicamento, un paso importante hacia la medicina personalizada.

Débora murió de cáncer en 2008, a los 67 años. Después de su muerte, sus hijos crearon en su memoria y en la de su difunto padre un fondo de investigación en el Instituto Weizmann. El fondo promueve la colaboración entre científicos del instituto y médicos de hospitales, en fiel reflejo de su forma de vida, siempre enfocada en encontrar aplicaciones médicas para la ciencia básica.

Es difícil exagerar la contribución de Débora a la vida de millones de personas en todo el mundo, desde que se aprobó el medicamento hasta hoy, entre ellas la de mi amigo, el teniente coronel Ilan Tamir. Al mismo tiempo, hay que recordar que el medicamento solo frena la enfermedad, no la detiene. Buscamos a la próxima "Débora", que encuentre pronto el medicamento capaz de detenerla e incluso devolver a quienes la padecen a su estado anterior. Así podré cumplir mi sueño de oír a Ilan por la radio o por el altavoz interno anunciar a los pasajeros, desde la cabina, la ruta del vuelo y el clima en el destino.

El teniente coronel Ilan Tamir escribió un libro sobre cómo enfrenta la enfermedad, titulado El príncipe del Baz: "Este libro es mi misión. Para mí es importante llegar a la mayor cantidad posible de personas... No hablo solo de quienes, como yo, tienen un diagnóstico de esclerosis múltiple, sino de todos nosotros. La vida nos plantea distintos desafíos, y tenemos que saber cómo mirar la mitad llena del vaso. Conté mi historia con absoluta honestidad y humildad. Me gustaría que aprendieran de mí a ser optimistas y que se llevaran ese optimismo consigo".

Cada vez que me escribo con Ilan o hablo con él, recuerdo cuánto le debemos a la doctora Débora Taitelbaum.

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