Durante la Guerra de Independencia ocurrieron hechos cuyo nombre basta mencionar para que estalle de inmediato un acalorado debate. Así ocurrió con el caso del Altalena y también con la rendición de Nitzanim: un acontecimiento entretejido con la historia de una heroína que se convirtió en mito, una mujer que eligió participar en la campaña y se despidió de su hijo con la sensación de que no volvería a verlo.

Mira Ben Ari

Pocas horas después de la declaración de independencia, y en coordinación con Jordania y Siria, el ejército egipcio invadió la Tierra de Israel. El ejército avanzó en dos columnas: la occidental se dirigió desde Gaza hacia Tel Aviv, y la oriental, desde Beersheba hacia Jerusalén. La columna oriental llegó hasta la zona de Ramat Rahel y Beit Shemesh (la «posición conjunta»), y la occidental llegó hasta Isdud (Ashdod) y se detuvo en el puente Ad Halom. En su camino conquistó Yad Mordejai y decidió rodear Nitzanim.

Infancia en Berlín e inmigración a Israel

Mira (Miriam) Ben Ari nació en 1926 en Berlín. Era hija única. Su padre, Israel, había servido como oficial en el ejército austríaco, era doctor en Derecho y un sionista orgulloso que no dejaba de señalar que había conocido personalmente a Herzl; su madre, Rivka, pertenecía a una familia muy influyente. A finales de enero de 1933, Hitler juró el cargo de canciller de Alemania. Israel, su padre, supo prever el futuro y ese mismo año la familia emigró a la Tierra de Israel y se estableció en Tel Aviv.

Mira era una joven hermosa y talentosa, estudiante sobresaliente y esgrimista excepcional. Cuando, a los 14 años, llegaron las noticias sobre lo que ocurría en Europa, se ofreció como voluntaria para unirse a las filas del Lehi. Dos años después, Mira visitó el Muro de las Lamentaciones y escribió en su diario: «... Los enemigos de Israel intentaron destruir por completo el Templo. Quedó un solo muro, un vestigio que vio al pueblo judío dispersarse y volver a reunirse. ¿No se parecen un poco estas piedras al destino de nuestro pueblo? Los pueblos persiguieron al pueblo judío e intentaron exterminarlo. Siempre sobrevivieron algunos judíos, en todas partes. Ahora esos vestigios se reúnen desde todos los rincones de la diáspora para construir aquí su hogar nacional, el Estado hebreo...»

Al terminar la secundaria en 1943, Mira pasó un año de formación y fue una de las fundadoras del kibutz Nitzanim. Allí conoció a Elikim, miembro del Palmaj. Se casaron y, cuando Mira tenía 19 años, nació su primer hijo, Dan. Cuando Elikim partió en una incursión contra Beit Darras, Mira se despidió de él diciéndole: «Ve y cumple tu misión a conciencia, para que yo pueda estar orgullosa de ti».

Radiotelegrafista en Nitzanim y los inmigrantes clandestinos

Mira se sumó a la defensa del kibutz Nitzanim, que estaba aislado y rodeado de aldeas árabes. La enviaron a un curso de radiotelegrafía y se desempeñó como enlace de toda la región. Logró combinar su maternidad con su trabajo como radiotelegrafista. Un día la llamaron de urgencia a Kfar Uria. Así lo contó su comandante: «Me reuní con Mira y le pedí que se ofreciera como radiotelegrafista. Nuestra conversación fue muy breve y directa... “¿Cuándo debo salir?”, preguntó. “Esta misma noche”, respondí. “Necesito una hora para que una de las madres cuide de mi hijo de un año”. Acepté. Enseguida se ocupó de los preparativos, empacó el equipo, escondió el aparato en el depósito clandestino, metió ropa en una mochila militar y nos pusimos en camino. Una joven, sola, se instalaría por tiempo indefinido en una comunidad de judíos del Kurdistán, cuya lengua no sabía y cuyas costumbres desconocía».

Entre otras tareas, Mira era responsable de comunicarse con los barcos de inmigrantes clandestinos que llegaban a la costa de Nitzanim. El más famoso fue el barco Susana. Los hombres del Palyam (nombre formado por las palabras Palmaj y mar), bajo el mando de David Maimon (Snafir), estaban listos para la operación de embarque de 825 inmigrantes clandestinos. Los inmigrantes se reunieron en la costa, cerca de la localidad de Metaponto, en Italia, y el 4 de marzo de 1947 fueron embarcados durante la noche, en medio de la oscuridad. El barco zarpó. Su nombre se cambió de Susana a Shabtai Luzinski (en honor al líder sionista que había trabajado como miembro del «Centro de la Diáspora» y en los campos para sobrevivientes del Holocausto en Italia, y que murió en un accidente de tránsito ese mismo año). Se eligió la costa de Nitzanim como destino del barco, tanto por la proximidad del kibutz, que podría prestar ayuda, como por la escasa vigilancia británica en el lugar. Debido al fuerte oleaje, se hizo encallar deliberadamente el barco a unos 120 metros de la costa, para que, si los capturaban, no fuera posible devolver a los inmigrantes y al barco al mar. Se tendió una cuerda desde la costa hasta el barco, y por ella se desplazaban las embarcaciones de los inmigrantes. Unas tres horas después, los británicos advirtieron la actividad sospechosa, se desplegaron por la costa y rodearon el barco. Cientos de judíos de los alrededores acudieron al lugar y se mezclaron enseguida con los inmigrantes. Todo el que era detenido por los británicos y al que le preguntaban de dónde era respondía en hebreo: «Soy judío de la Tierra de Israel». Los británicos detuvieron a más de 900 personas, algunas inmigrantes y otras residentes del país, y las deportaron en barco al campo de detención de Chipre.

Sobre este barco y su historia, Jaim Jéfer, entonces miembro del Palmaj, escribió la famosa canción «Shoshana» (el nombre del barco Susana): «El mar estaba embravecido, el mástil crujía / la proa del barco casi se desgastaba... Era una figura muy lamentable / cuando Shmulik, el bajito, fue llevado a Chipre / pero también cuando se sentó detrás de la alambrada... El viaje de días llegó a su fin / las lanchas con la gente llegaron a la costa / y entonces todos se abalanzaron hacia Shoshana...»

La evacuación de los niños y la despedida de Dani

Después de que el avance de las fuerzas egipcias se detuviera cerca de Ashdod, los egipcios temieron que Nitzanim se convirtiera en una base para operaciones ofensivas a sus espaldas y decidieron volver para conquistarla. Los miembros del kibutz advirtieron que las fuerzas avanzaban hacia ellos y tomaron decisiones en consecuencia. Una de ellas fue la «Operación Bebé».

Unos días antes de la operación, cuando los egipcios bombardeaban el asentamiento, Mira escribió: «Los niños se han convertido en estrategas consumados. Saben desde dónde disparan y quién dispara. Oyen cada disparo antes que los adultos. Saben exactamente qué arma tiene cada compañero, quién tiene una Sten, quién tiene una metralleta y quién tiene una pistola».

La idea de evacuar a los niños y a los bebés se había planteado varias veces como recomendación, pero los miembros del kibutz la habían rechazado. A mediados de mayo, cuando comenzó el ataque de los ejércitos contra los asentamientos, la recomendación se convirtió en una orden terminante: había que evacuar a los niños de Nitzanim y de los asentamientos cercanos: Negba, Gezer, Kfar Menajem, Gat y Galón. Así comenzó la «Operación Bebé».

No era posible evacuar en autobuses, como en los otros asentamientos, a los niños del kibutz Nitzanim, el mayor de los cuales tenía 4 años. Nitzanim estaba sitiado y los niños fueron evacuados a pie en plena noche. Para el trayecto, y con el fin de que se durmieran, les dieron chocolate con pastillas para dormir. Las madres y algunos padres llevaron a los niños en brazos y emprendieron una marcha hacia el asentamiento de Be'er Tuvia, situado a unos 8 kilómetros de Nitzanim. A mitad de camino entregaron a los niños a los miembros de Be'er Tuvia, que habían salido a su encuentro, y unas horas después llegaron al asentamiento. En las casas que debían recibir a los niños había velas encendidas; cada vez que un niño entraba en una casa, apagaban una vela. Cuando se apagaron todas, todos supieron que los niños habían llegado sanos y salvos.

Mira, que tenía 22 años, entregó a su único hijo, Dani, de dos años, a su amiga Nejama y se despidió de él con una frase que mostraba hasta qué punto temía por su futuro: «Dile a Dani que tuvo una madre». Mira tenía la posibilidad de evacuar junto con su hijo, pero decidió quedarse con los combatientes de Nitzanim y los hombres de la brigada Givati.

En el bolsillo de Dani dejó una carta para su padre, Elikim, que era conductor y no había alcanzado a regresar a Nitzanim: «Solo escribiré unas palabras, y seguro que entenderás por qué no puedo escribir. Simplemente es un poco difícil. Más que un poco. Nunca me había sentido así, pero lo superaré. En nuestros tiempos hay que superar todo. Quizá gracias a la capacidad de nuestro pueblo para sufrir y no rendirse, a su obstinación por resistir pese a que somos pocos, al final conseguiremos todo lo que nos corresponde después de dos mil años. No hay despedida más difícil que la de una madre de su hijo, pero me despido de mi hijo para que crezca en un lugar seguro y sea un hombre libre en su tierra. Cuando vayas a verlo, dale todo mi amor. Dale muchos besos a mi padre y a mi madre y pídeles perdón de mi parte...»

Unos días después de la operación, Mira escribió a sus padres: «Me resultó muy difícil cuando evacuaron a los niños... Lloré desconsoladamente, pero no podía dedicarle mucho tiempo porque estuve en comunicación hasta que el último niño llegó a un lugar seguro». A su madre le escribió: «Cuéntame tú de Dani. ¿Qué hace, qué dice, cómo está? ¿Está preocupado por su mamá? No puedo olvidar su dulce voz... “Mamá, pipí”, dijo con la voz ahogada por las lágrimas. ¡Y no tuve tiempo de estar con él en los últimos minutos!»

La caída de Nitzanim y la memoria

El ataque a Nitzanim comenzó a medianoche, el 6 de junio de 1948. El kibutz, rodeado de aldeas árabes, contaba con unas 140 personas, la mitad miembros del kibutz y el resto combatientes de Givati armados con armas ligeras. No tenía ninguna posibilidad frente al ejército egipcio, que disponía de fuerzas numerosas, reforzadas con tanques, artillería y apoyo aéreo.

Mira envió desesperados mensajes al cuartel general del batallón pidiendo ayuda, pero esta no llegó. Es posible que la ayuda tardara porque el mando oyó a los egipcios anunciar que habían conquistado Nitzanim antes de que eso ocurriera. Más adelante, algunos miembros del kibutz sostendrían que no enviaron ayuda debido a su afiliación política. Las fuerzas egipcias se acercaron y Mira transmitió su último mensaje: «La batalla está perdida. Destruyo el aparato y salgo a luchar».

Tras unas 15 horas de combate, los egipcios entraron por las puertas del kibutz. El comandante de la fuerza, Abraham Schwarzstein, decidió rendirse y envió a uno de los combatientes a izar una bandera blanca. Cuando este se levantó con la bandera, los egipcios le dispararon. Abraham Schwarzstein se quitó la camiseta blanca que llevaba y la alzó con la mano, pero los egipcios también le dispararon y lo hirieron. Mira lo sostuvo y él se puso de pie. Cuando salió hacia los egipcios para expresar su rendición, uno de los oficiales le disparó y lo mató. Sin pensarlo, Mira sacó su pistola y disparó contra el coronel que había matado a Abraham. Los egipcios, asombrados por su valentía, le dispararon y la mataron. Murieron 33 defensores del kibutz y 105 fueron capturados.

Este no fue el último golpe para los miembros del kibutz Nitzanim. Dos días después de la rendición, el comando de la brigada publicó una «hoja de combate» en la que Abba Kovner, oficial de educación de la brigada, criticó duramente la rendición. Bajo el título «La caída de Nitzanim: un fracaso», escribió: «En Nitzanim, el enemigo pudo aprender por primera vez algo grave e inesperado: que le era posible quebrar en pocas horas la muralla defensiva de un asentamiento hebreo, someterlo y capturar a sus combatientes... El hogar no se defiende poniendo condiciones... Y si así lo dispone el destino, es mejor caer en las trincheras de la casa que rendirse a un invasor asesino. Rendirse, mientras el cuerpo sigue vivo y el último cartucho respira en el cargador, es una vergüenza: salir al cautiverio del enemigo es una vergüenza y una muerte».

Nitzanim no fue el único asentamiento evacuado o que cayó: los defensores de Yad Mordejai se retiraron, Kfar Darom fue evacuado, Kfar Etzion y el barrio judío de Jerusalén cayeron... Pero la caída de Nitzanim se convirtió en una mancha y en motivo de muchas disputas.

Los defensores y habitantes de Nitzanim se enteraron de la condena solo después de regresar del cautiverio. En una carta que enviaron al entonces jefe del Estado Mayor, Yaakov Dori, reclamaron que se reparara el agravio: «Regresamos a nuestra patria después de nueve meses de cautiverio y solo ahora nos hemos enterado de la campaña de difamación que se llevó a cabo contra nosotros... Esperábamos que, al regresar, se exigieran responsabilidades a los comandantes del sur, porque con su indiferencia y su negligencia hacia nosotros provocaron una situación difícil y trágica. Nos quedamos atónitos al oír las calumnias, cuyo propósito es evidente: encubrir sus errores».

Alrededor de un año después, el Estado Mayor estableció una comisión. Entre sus conclusiones figuraba que Abraham Schwarzstein «demostró gran valentía y firmeza» y que decidió rendirse «cuando no encontró otra manera de salvar a sus hombres».

Tras la liberación de los cautivos, Dani, el hijo de Mira, regresó al kibutz y, a los 13 años, se fue a vivir con sus abuelos en Ramat Gan. Cuando creció, fundó junto con su padre, Elikim, la empresa «Elikim Ben Ari», dedicada al desarrollo y la construcción de carreteras. Dani le puso el nombre de Mira a una de sus tres hijas.

En el lugar donde cayó Mira se erigió un monumento llamado «Memorial a la mujer combatiente». Mira Ben Ari, que cayó a los 22 años defendiendo el kibutz Nitzanim, se convirtió en símbolo de todas las mujeres que murieron en las guerras de Israel.

Fotos de esta historia: מירה (מרים) בן ארי
האנדרטה "יד לאישה הלוחמת" בניצנים, במקום שבו נפלה מירה בן אריצילום: Amit Shoval and Yoram Shoval, CC BY-SA 4.0, ויקישיתוף