Llevó el título de «Rabán» aunque no pertenecía al linaje de los presidentes descendientes de Hilel el Anciano. Estableció normas acordes con la realidad posterior a la destrucción del Templo, dio nueva forma al judaísmo tal como lo conocemos hoy y logró dejar la huella del pueblo judío en las páginas de la historia.

El trasfondo de la revuelta y la destrucción

No cabe duda de que el principal factor que llevó al pueblo judío a la Gran Revuelta fue la profunda frustración que vivía en aquel momento, la cual provocó una violencia interna que condujo a la revuelta y terminó en desastre. Entre los problemas que enfrentaban estaban la idolatría que se practicaba en el país y las tensas relaciones de vecindad con los sirios y los helenizantes, problemas que desembocaron en estallidos de violencia que cobraron vidas. No se vislumbraba la posibilidad de una vida de carácter judío en el país.

En el año 40, otro peso se sumó a la carga de los judíos: el decreto del emperador romano Cayo Calígula, quien decidió erigir su estatua en el Templo de Jerusalén. Hasta entonces, el Templo había sido el único y principal pilar del culto sagrado para el pueblo judío, pero ahora, en el centro mismo del culto judío, comenzó a practicarse la idolatría...

Al principio, la revuelta fue liderada por los extremistas del pueblo, y después todos los demás se vieron arrastrados a ella. En Roma consideraron la revuelta un intento de revolución y mostraron intolerancia hacia los judíos. Temerosos de las consecuencias que la revuelta pudiera tener para los demás pueblos conquistados, respondieron con extrema agresividad. Las consecuencias fueron graves. Campos y viñedos quedaron arrasados, poblaciones fueron borradas del mapa y un tercio de la población fue asesinada. En cuatro años, todos los líderes de la revuelta en Galilea habían desaparecido, el Templo había sido incendiado y Jerusalén había quedado destruida. Así fue sofocada la revuelta.

Hasta nuestros días persiste el debate sobre si fue acertado iniciar una revuelta cuando la relación de fuerzas era, por decirlo suavemente, desequilibrada. ¿Fue un acto irresponsable, rayano en el suicidio, o una necesidad inevitable? Sea como fuere, el 8 de Av del año 70 el general romano Tito ya se encontraba a las puertas de Jerusalén, y dos días después, el 10 de Av (y no el 9 de Av, como suele creerse), el Templo ardió. El pueblo judío estuvo a punto de ser borrado de las páginas de la historia. El Templo, que entonces era el único centro de culto para cinco millones de judíos, no era para ellos solo un símbolo. Cada judío pagaba un impuesto al Templo y esperaba que siguiera existiendo y velara por su futuro, convencido de que, si dejaba de existir, «el mundo ya no sería una bendición para sus habitantes, y las lluvias no llegarían a su debido tiempo».

Inmediatamente después de la destrucción surgieron preguntas fundamentales sobre asuntos relacionados con el Templo, como los sacrificios y la proclamación de los comienzos de mes, de los que dependían las festividades. También era necesario abordar el problema de la división del pueblo. De un lado estaba la aristocracia saducea de la casa de Herodes y, del otro, los zelotes antirromanos, vinculados a la casa de Shamai. La guerra entre las facciones fue tanto ideológica como física, y causó muertos. Tras el fracaso de la revuelta, algunos de los rebeldes zelotes huyeron a Egipto, donde intentaron organizar otra revuelta, también fallida. Así creció el poder de los moderados de la casa de Hilel, que se consideraban descendientes de Hilel el Anciano, quien, según la tradición, era descendiente de la casa de David.

El pueblo judío tenía dos opciones: extinguirse o reinventarse. Esto significaba un judaísmo sin Templo, con un nuevo liderazgo espiritual y práctico. También se planteó más de una vez si la Torá de Moisés había perdido su vigencia y había llegado el momento de establecer una «nueva alianza». Hay indicios de que incluso muchos judíos abandonaron el judaísmo y se volcaron en cultos ajenos, entre ellos el cristianismo.

Rabán Yojanán ben Zakai y el nuevo liderazgo

Rabán Yojanán ben Zakai, uno de los más grandes tanaítas y sucesor de Rabán Shimón ben Gamliel como jefe del Sanedrín, asumió la misión de salvar al pueblo judío de la desaparición. Su nombramiento como jefe del Sanedrín, aunque Rabán Yojanán ben Zakai no pertenecía a la casa de David ni al sacerdocio, fue un nombramiento de emergencia, después de que Rabán Shimón ben Gamliel muriera en la revuelta.

Comenzó su misión estableciendo normas sobre las costumbres judías en ausencia del Templo. Fijó el calendario hebreo que seguimos hasta hoy. Por ejemplo, la práctica actual de tomar el lulav durante los siete días de la festividad de Sucot fue establecida por él «en recuerdo del Templo». Esto contrastaba con la época en que el Templo seguía en pie, cuando el precepto se cumplía solo el primer día de la festividad. Otra norma suya estableció que, si Rosh Hashaná caía en Shabat, se debía tocar el shofar en Yavne, a diferencia de los tiempos en que solo estaba permitido tocarlo en el Templo. Esta norma dejó claro que la santidad no está vinculada únicamente a la ciudad de Jerusalén ni al propio Templo.

En cuanto al proceso de conversión, estableció que bastaban la inmersión ritual y la circuncisión para completarlo, a diferencia de la época del Templo, cuando la conversión concluía con la ofrenda de un sacrificio en el Templo.

La información sobre Rabán Yojanán ben Zakai es escasa y solo los testimonios de los sabios rabínicos arrojan algo de luz sobre él. Estos cuentan que su vida se dividió en tres períodos de 40 años cada uno. Durante el primero se ocupó de su sustento como comerciante o agricultor; en el segundo estudió, y en el último enseñó y dictó sentencias. El Talmud cuenta que Rabán Yojanán ben Zakai era el más joven de los discípulos de Hilel y que el título «Rabán» (del arameo, «nuestro maestro») se otorgaba solo a unos pocos descendientes de la casa de David. Rabán Yojanán ben Zakai fue el único que recibió el título sin tener ese linaje familiar.

El midrash cuenta que, cuando Hilel estaba a punto de morir, sus 80 discípulos se reunieron alrededor de su lecho, y solo Yojanán se quedó fuera de la puerta. «¿Dónde está el más pequeño de ustedes?», preguntó Hilel, y añadió: «Es padre de la sabiduría y padre de las generaciones». Algunos interpretaron la expresión «padre de las generaciones» como «padre del futuro» y, como no descendía de la casa de David, aún en vida cedió su lugar a Rabán Gamliel de Yavne.

Rabán Yojanán ben Zakai era moderado en sus ideas, predicaba la convivencia con quienes no eran judíos y trabajó mucho para tender puentes y acercar entre sí a las distintas facciones judías. El historiador Gedaliahu Alon lo describió como «un realista perspicaz, que no dudaba en advertir a sus compatriotas contra las expresiones más extremas del entusiasmo patriótico». Se cuenta que era tan realista que dijo a sus discípulos que, si estaban sembrando el campo y les anunciaban que había llegado el Mesías, debían terminar de sembrar y solo después ir a recibirlo.

Yavne y el legado de Rabán Yojanán ben Zakai

En el año 68, Tito impuso un duro asedio a Jerusalén (el Talmud atribuyó por error el asedio a Vespasiano). Rabán Yojanán ben Zakai, después de fracasar en sus intentos de impedir la revuelta, decidió salir de Jerusalén pese al asedio. Cabe señalar que tanto los sabios rabínicos como Flavio Josefo dan testimonio de que durante el asedio a Jerusalén los romanos ofrecieron a los rebeldes un acuerdo de rendición que incluía la promesa de no destruir Jerusalén ni el Templo, pero los zelotes se negaron a rendirse. Se cuenta que Rabán Yojanán ben Zakai pidió a dos de sus discípulos que prepararan un ataúd, lo escondieran dentro de él, fingieran que llevaban al difunto a su sepultura y lo condujeran ante Vespasiano. El emperador romano, que conocía las ideas y la posición de Rabán Yojanán ben Zakai, lo recibió con gran simpatía y le preguntó qué deseaba. «No quiero nada para mí», respondió Rabán Yojanán, «solo Yavne, donde pueda ir a enseñar Torá a mis discípulos, establecer una casa de oración y cumplir todos los mandamientos». La leyenda añade que Rabán Yojanán fue quien predijo a Vespasiano que llegaría al poder y que, mientras conversaban, llegó un mensajero de Roma para anunciarle que sería el próximo emperador.

En aquellos días, Yavne estaba bajo el pleno control de los romanos y bajo su supervisión. Algunos investigadores sostienen incluso que Rabán Yojanán fue desterrado allí y que Yavne servía como una especie de campo de concentración. Sea como fuere, gracias a Rabán Yojanán ben Zakai, Yavne se convirtió en el centro espiritual más importante tras la caída de Jerusalén y, durante su liderazgo, en el lugar donde el pueblo judío se reconstruyó y se reinventó, sin el Templo y sin Jerusalén. En Yavne, Rabán Yojanán fundó una casa de estudio y un tribunal, uno destinado a la religión y el otro al liderazgo.

Rabán Yojanán pasó sus últimos años no muy lejos de Yavne y vivió hasta los 120 años. El Talmud cuenta así su final (tratado de Berajot): «Cuando Rabán Yojanán ben Zakai enfermó, sus discípulos fueron a visitarlo. Al verlos, comenzó a llorar. Sus discípulos le dijeron: “Lámpara de Israel, columna derecha, martillo poderoso, ¿por qué lloras?”. Les respondió: “Si me llevaran ante un rey de carne y hueso, que hoy está aquí y mañana en la tumba, lloraría de todos modos: si se enojara conmigo, su enojo no sería eterno; si me encarcelara, mi encierro no sería eterno; y si me diera muerte, mi muerte no sería eterna. Además, podría aplacarlo con palabras y sobornarlo con dinero. Y ahora me llevan ante el Rey de reyes, el Santo, bendito sea, que vive y perdura por toda la eternidad. Si se enoja conmigo, su enojo será eterno; si me encarcela, mi encierro será eterno; y si me da muerte, mi muerte será eterna. No puedo aplacarlo con palabras ni sobornarlo con dinero. Y no solo eso: tengo ante mí dos caminos, uno al Jardín del Edén y otro al Gehena, y no sé por cuál me llevarán. ¿Cómo no voy a llorar?”».

Así como se puede atribuir a Eliezer Ben Yehuda la revitalización de la lengua hebrea y a Herzl la visión sionista, también se puede decir que Rabán Yojanán ben Zakai fue el fundador del pueblo judío posterior a la destrucción del Templo: lo empezó todo de nuevo. Formuló la constitución por la que vivieron los judíos durante los siguientes 1.700 años. En su honor llevan su nombre la localidad de Ben Zakai, numerosas sinagogas y calles del país.

Fotos de esta historia: רבן יוחנן בן זכאי
מצבת רבן יוחנן בן זכאי בטבריהצילום: ד״ר אבישי טייכר, CC BY 2.5, אתר פיקיוויקי