El «príncipe» de una conocida familia de eruditos. A los 15 años ya había recibido la ordenación rabínica y, años después, representó a los judíos en el Parlamento polaco, pero su mayor influencia se hizo sentir en el funcionamiento de las yeshivás y en el Daf Yomi.

En un día invernal de 1958, una procesión numerosa, silenciosa y triste partió del hospital Bikur Jolim de Jerusalén. Los sollozos acompañaron el féretro a lo largo de la calle Jaffa hasta el Monte del Descanso. Personalidades destacadas y grandes eruditos de la Torá pronunciaron discursos fúnebres. Era el segundo entierro del difunto, que veinticinco años antes había sido enterrado en Lublin, en un cementerio profanado por los nazis. Solo por un milagro, su tumba había quedado intacta. Al cumplirse diez años de la fundación del Estado, los hermanos del rabino Meir Shapiro exhumaron sus restos y volvieron a enterrarlos en el Monte del Descanso.

Fotos de esta historia: הרב יהודה מאיר שפירא
בית העלמין הר המנוחות בירושלים, שאליו הועברו עצמותיו של הרב מאיר שפיראצילום: Neukoln, CC BY-SA 3.0, ויקישיתוף

El rabino Meir Shapiro era una figura excepcional en la comunidad ultraortodoxa. Llegó con ideas revolucionarias e innovadoras a una sociedad que rechazaba cualquier novedad. Su manera de abordar las cuestiones que preocupaban a los judíos observantes de la Torá desde tiempos inmemoriales lo llevó a proponer soluciones originales. Desde siempre, los eruditos de la Torá estudiaban en una habitación modesta y, cuando se enteraban de que había un rabino reconocido en determinada ciudad, viajaban hasta allí y se sumaban a sus clases. Cada estudiante debía hacerse cargo de su comida y alojamiento. Para mantenerse, trabajaban en empleos que apenas les alcanzaban para comer y en los que recibían un trato humillante. El trabajo más común era vigilar tiendas por la noche. Dormían en la tienda y la custodiaban, y por la mañana los sometían a un registro corporal para asegurarse de que no hubieran robado nada. De la tienda iban directamente a la casa de estudios y, al anochecer, volvían a su trabajo. Esta situación se prolongó durante años, hasta que al rabino Shapiro se le ocurrió que la yeshivá debía cubrir todas las necesidades de sus estudiantes, sin importar su situación económica, para que pudieran dedicar su tiempo al estudio. La primera yeshivá que adoptó esta idea fue Jajmei Lublin, fundada por el rabino Shapiro en su ciudad. El mismo modelo se había implementado en la Universidad de Oxford desde 1167, pero ese privilegio solo se concedía a estudiantes de familias distinguidas y adineradas.

El Daf Yomi

La segunda innovación asociada al rabino Shapiro, y la más conocida, es el Daf Yomi: «Un judío viaja con el tratado de Berajot bajo el brazo. Viaja durante dos semanas desde Israel hasta Estados Unidos... Finalmente, cuando pisa suelo estadounidense, entra en una casa de estudios y encuentra a judíos estudiando la misma página a la que él había llegado ese día, y se une a ellos con alegría».

La idea del Daf Yomi se basa en varios principios importantes. El primero es que, en cualquier lugar del mundo, todos estudien la misma página el mismo día. Así, cualquier judío, esté donde esté, puede entrar en una casa de estudios y encontrar un compañero con quien estudiar esa página. El segundo principio hizo posible que todos los judíos estudiaran todas las páginas del Shas, los seis órdenes del Talmud, con un total de 2711 páginas, cada siete años y medio. El primer ciclo comenzó en Rosh Hashaná del año 5684. Hasta entonces, algunos tratados ni siquiera se estudiaban. El Daf Yomi hizo justicia a esos tratados y les devolvió su prestigio. El tercer principio, y el más importante, era crear una continuidad de estudio diario.

En torno a la idea del Daf Yomi surgieron numerosas historias fascinantes. Una de ellas cuenta que, cuando era niño, el rabino Shapiro no tenía un maestro a la altura de sus capacidades. Cuando sus padres encontraron uno adecuado, este debía llegar en tren al día siguiente. Años después, el rabino contó: «Yo era un niño pequeño y estaba en el andén con mi madre. Esperamos mucho rato a que llegara el tren. Por fin se oyó el traqueteo de las ruedas y apareció la locomotora, con un fuerte silbido, seguida de los vagones. Esperábamos impacientes para ver al hombre, pero, para nuestra decepción, vimos comerciantes, empleados, gente común y, por supuesto, muchos no judíos. Sin embargo, cuando mi madre preguntó e indagó entre los pasajeros, descubrió que el maestro no había llegado. Mi madre se entristeció mucho y me dijo con dolor y un profundo suspiro: “Meir'le, qué pena, volvemos a casa con las manos vacías. Tu maestro no llegó”. “No pasa nada, mamá”, la consolé. “Seguramente hubo un error y llegará mañana”. “Nein, mein Kind” (“No, hijo mío”), exclamó mi madre desde lo más hondo de su corazón dolorido. “¿Sabes lo que significa pasar un día sin Torá?”. “Desde entonces, aquella frase quedó grabada en mi conciencia: ‘¿Un día sin Torá?’. Así se arraigó en mí, desde muy pequeño, la idea de que hay que estudiar Torá todos los días”».

Otra historia cuenta que, al no encontrarle un maestro a la altura de su talento, su padre acudió al rabino de la ciudad, el rabino Shalom Moskowitz, el Rebe de Shatz, y le pidió que aceptara la tarea. Este accedió a tomar al niño bajo su tutela y a enseñarle junto con sus hijos, que eran mayores que él. El pequeño Meir compartió con ellos su sueño: que llegara el día en que todo el pueblo de Israel estudiara la misma página de Guemará y así todos los judíos de la diáspora tuvieran un lenguaje común. Los hijos del rabino reaccionaron con desdén a las palabras de Meir: «Son sueños imposibles. Si nadie lo ha logrado hasta ahora, ¿cómo piensas conseguirlo tú?». De vez en cuando, Meir volvía a entusiasmarse con su sueño, y los niños lo desestimaban y apagaban su entusiasmo. Pasaron los años y el sueño se hizo realidad. Un día, en una estación de tren, un rabino se acercó al rabino Shapiro y le dijo que estaba casado con la hija del Rebe de Shatz, y que ella lo felicitaba por su gran éxito en la difusión de la Torá. El rabino, que la recordaba de su infancia, pidió reunirse con ella y le dijo en el encuentro: «¿Recuerdas que cuando éramos pequeños te hablé a ti y a tus hermanos del sueño del Daf Yomi, y ustedes solían desestimar mis palabras y apagar mi entusiasmo? No se los reprocho, porque entonces no éramos más que niños. Pero tengo un pedido para ti: eres educadora y tienes a tu cargo la educación de los niños de Israel. Recuerda: ¡nunca desprecies el sueño de un niño! Si yo hubiera sido como cualquier otra persona y me hubiera rendido cuando se burlaron de mí, ¿sabes qué habría perdido el pueblo de Israel? ¿Puedes imaginar al pueblo de Israel sin el Daf Yomi? Por eso te lo pido de todo corazón: nunca te burles del sueño de un niño. Un niño judío puede llegar muy lejos gracias a su sueño...».

La idea del Daf Yomi surgió por primera vez en un congreso de Agudat Israel celebrado en agosto de 1923. Al principio hubo quienes se opusieron a la propuesta y quienes dudaron de que el rabino Shapiro pudiera hacer realidad su visión: «¿De verdad crees que un judío alemán de Fráncfort y un jasídico de Gur de Varsovia, un judío de Casablanca y un comerciante judío de Nueva York estudiarán todos la misma página de Guemará?», le objetaban. El rabino Meir respondió: «Sí, así es. Miren la página de Guemará: el Talmud se escribió en Babilonia; junto a él está impreso el comentario de Rashi, oriundo de Alemania, y a su lado, el de los tosafistas franceses. Debajo está el comentario de Rabenu Jananel, del norte de África, y en los márgenes hay referencias a Maimónides, oriundo de Egipto... Si todos ellos pudieron unirse, a pesar de sus diferencias, para crear la extraordinaria obra talmúdica, nosotros también podremos hacerlo».

Solo cuando el rabino Shapiro recibió el amplio apoyo del rabino Israel Meir Hacohen, conocido como el Jafetz Jaim, y del Rebe de Gur, el rabino Avraham Mordejai Alter, y, más tarde, de los jasídicos de Breslov con el apoyo del rabino Ben Zion Apter, el Daf Yomi pasó a formar parte del compromiso de la comunidad religiosa. Cada Rosh Hashaná se comenzaba de nuevo el estudio de la página.

Su infancia y los inicios de su camino

El rabino Yehuda Meir Shapiro nació el 7 de Adar, día del nacimiento y la muerte de Moisés, en 1887, en el norte de Rumania, en el seno de una larga y prestigiosa dinastía de rabinos. Su padre era el rabino Yaakov Shimshon Shapiro y su madre, Margala, hija del rabino Shmuel Yitzhak Shor, uno de los grandes rabinos de Galitzia, con quien el pequeño Meir aún pudo estudiar Torá durante un tiempo. Su linaje familiar se remonta al rabino Moshe de Espira, ciudad de la que deriva el apellido de la familia. El rabino Meir recibió la ordenación rabínica de su abuelo a los 15 años y, al crecer, se casó con Malka Toiva, hija del rabino Yaakov David Breitman. Después de casarse, la pareja se trasladó a Galitzia, donde el rabino Meir fundó la asociación Tiferet Hadat, encargada de atender las cuestiones religiosas de la ciudad en la que él estudiaba.

A los 23 años, el rabino Shapiro ya era rabino de la comunidad de Hliniany, en Ucrania. Apenas asumió el cargo, se ocupó de reparar la mikve y de las cuestiones relacionadas con el Shabat, pero consideraba que su función principal era la educación. En lugar de la barraca donde funcionaba el jéder, construyó un magnífico edificio en el que se enseñaban Torá y un oficio, y convirtió su casa en una yeshivá para estudiantes selectos que estaban destinados a ser maestros. Para entonces su fama ya se había extendido y había recibido numerosas invitaciones de distintas comunidades para desempeñarse como rabino. El rabino Shapiro aceptó la oferta de ocupar el cargo de rabino en Sanok, una gran ciudad del centro de Galitzia, porque sabía que la situación espiritual de la comunidad local estaba en peligro. En Sanok hizo cambios en materia de kashrut y, como en Hliniany, reparó las mikves y atendió las cuestiones relacionadas con el Shabat. También fundó una escuela talmúdica llamada Bnei Torá, donde estudiaban unos 250 niños.

Su incansable labor y su personalidad radiante lo convirtieron en una de las figuras centrales de la época, por lo que no sorprende que se ofreciera a representar a todos los judíos de Polonia. En 1922, el rabino Shapiro fue elegido representante de Agudat Israel en la cámara baja del Parlamento polaco, facultada para aprobar leyes, y durante cinco años defendió los intereses de la comunidad. Al mismo tiempo, fue miembro de un comité del Ministerio de Asuntos Religiosos que aprobaba los nombramientos de rabinos en toda Polonia. Dos años después comenzó a fundar la yeshivá de Lublin.

La fundación de la yeshivá también tuvo numerosos detractores, por distintas razones. La primera era la novedad en sí, que contradecía por completo el jasidismo, uno de cuyos principios era «lo nuevo está prohibido por la Torá». La yeshivá del rabino Meir Shapiro supuso un avance enorme: no solo se enseñaba allí, sino que además se cubrían todas las necesidades del estudiante. La segunda razón era económica. Muchos judíos adinerados apoyaban la yeshivá de Lublin, lo que reducía el flujo de donaciones a otras yeshivás, que hicieron todo lo posible por impedir su fundación.

La yeshivá de los Sabios de Lublin

La creación de la yeshivá de Lublin comenzó en 1924, cuando el rabino Shapiro fue nombrado rabino de la ciudad polaca de Piotrków. Durante una de sus visitas a Lublin, se fijó en un terreno baldío en el número 57 de la calle Lubartowska. Encontró al dueño del terreno, el rabino Shmuel Eichenboim, y le presentó su sueño de fundar una yeshivá y devolver su antiguo esplendor a la yeshivá Jajmei Lublin, fundada originalmente en 1515. Al rabino Shmuel le entusiasmó la idea y le regaló el terreno. Ese mismo año, la víspera de Lag Baomer, se colocó la piedra fundacional en una ceremonia imponente. El rabino Shapiro viajó a Estados Unidos para recaudar fondos para construir la yeshivá y después visitó varias comunidades de Polonia y Lituania para elaborar el plan de estudios, un programa novedoso que se ajustara al carácter inédito de la yeshivá. El rabino Meir tardó siete años en completar la recaudación de fondos y la construcción. En el verano de 1930 se inauguró el edificio en una ceremonia imponente a la que asistieron unos 20.000 judíos de Polonia y de otros lugares. Al terminarse la construcción, el rabino se trasladó a Lublin y su primo, el rabino Moshe Jaim Lau, que más tarde pereció en el Holocausto, ocupó su puesto como rabino de Piotrków.

En la yeshivá de Lublin se aceptaban estudiantes desde los 15 años hasta que se casaban, y se otorgaban dos grados. Los jóvenes que estudiaban Yore Deá recibían el título de Yore Yore, y quienes completaban todo el programa recibían el título de Tzurvá Merabanán. Los exámenes de admisión eran difíciles. Entre otras cosas, exigían conocer numerosos tratados y, en total, más de 400 páginas de Guemará. Además, los estudiantes debían dominar los libros de la Mishná y las leyes del Shulján Aruj. Quienes eran admitidos recibían la ordenación rabínica en cuatro años. La ordenación solía tener lugar el 7 de Adar, día del nacimiento de Moisés y también del rabino Meir Shapiro. La yeshivá atraía a los estudiantes más destacados. Cada promoción contaba con 400 alumnos y de ella salió una larga lista de rabinos de renombre. Era la yeshivá más magnífica de Polonia y se enorgullecía de su rica biblioteca religiosa, que contenía unos 22.000 libros. Mantenerla requería mucho dinero, y el rabino Meir Shapiro dedicaba mucho tiempo a recaudarlo. En 1934 se graduó la primera promoción de estudiantes, pero el rabino no llegó a verla.

La yeshivá permaneció en pie durante nueve años, al cabo de los cuales, para gran tristeza y dolor, fue incendiada.

«Nos enorgulleció destruir esta academia talmúdica, conocida como la más grande de Polonia. Arrojamos afuera todos los libros sagrados de los judíos y les prendimos fuego. Las llamas ardieron durante veinte horas enteras. Los judíos de Lublin se reunieron alrededor y lloraron, pero se invitó a una banda militar, y los alegres acordes de la música militar ahogaron los lamentos de los judíos». Así se describió el trágico final de la yeshivá en el periódico de la juventud nazi alemana Deutsche Jugendzeitung.

En 2004, el edificio fue devuelto a la comunidad judía. Durante tres años fue renovado y restaurado, y se convirtió en un centro judío de alojamiento. Hoy en día, miles de jóvenes israelíes visitan el lugar después de recorrer el campo de exterminio de Majdanek, como parte del proyecto «Viaje de la vida» de las escuelas secundarias de Israel.

El último sueño y el legado

Su anhelo de emigrar a la Tierra de Israel era su segundo sueño. Cuando le preguntaron por qué no lo había cumplido, respondió: «Tengo fuerzas para ir a la Tierra de Israel, pero ¿de dónde se sacan las fuerzas para salir de la Tierra de Israel?». Tras fundar la yeshivá, decidió emigrar a Israel y empezó a prepararse para hacerlo, pero su repentina muerte truncó el sueño. En octubre de 1933, mientras negociaba con la comunidad de Lodz para convertirse en su rabino principal a cambio de que cubriera las deudas de la yeshivá, murió de tifus a los 46 años. El rabino Meir Shapiro y su esposa no tuvieron hijos, pero él siempre afirmaba que el Daf Yomi y la yeshivá de Lublin eran sus dos hijos.

Al terminar la guerra, estos «hijos» volvieron a florecer. La yeshivá Jajmei Lublin se fundó de nuevo en el barrio de Zikhron Meir, en Bnei Brak, llamado así en su honor, y hoy en día decenas de miles de judíos de todo el mundo estudian el Daf Yomi. En Jerusalén hay una plaza que lleva su nombre, al igual que calles en distintas ciudades. También hay calles que llevan el nombre de la obra de su vida: «Daf Yomi».

Vale la pena mencionar que otro talento con el que fue bendecido el rabino Meir Shapiro era la música. Compuso numerosas melodías, algunas conocidas en la comunidad ultraortodoxa y otras también fuera de ella. La más famosa es «Utsu Etsa». Rajel'le Likvernik, hermana del rabino Shapiro, es la abuela del cantante y compositor Shlomo Artzi.