«Los pobres no son quienes tienen poco, sino quienes necesitan mucho»: eso dijo quien fue apodado «el presidente más pobre del mundo». Un revolucionario que estuvo en prisión, un guerrillero considerado, pese a ello, uno de los líderes más inspiradores.
La operación de huida de Punta Carretas
La cárcel de Punta Carretas, en Montevideo, la capital de Uruguay, era conocida como la más segura del país. Era un edificio enorme y fortificado, considerado casi inexpugnable. José Pepe Mujica fue encarcelado allí junto con decenas de integrantes del movimiento Tupamaros. Era la segunda vez que Mujica caía preso. Ya era conocido como un experto en fugas, por lo que la vigilancia era extremadamente estricta. Mujica no se desanimó y empezó a organizar un sofisticado plan de escape que no solo incluiría a los Tupamaros, sino también a presos comunes.
Mujica se aseguró de asignar cuidadosamente distintas tareas a los presos: los excavadores se repartían entre los diferentes turnos, los vigías seguían los movimientos de los guardias y un equipo se encargaba de hacer ruido para ocultar el sonido de la excavación. Con cucharas, tenedores y herramientas improvisadas que consiguieron o fabricaron en secreto, los presos lograron cavar un túnel de 100 metros. Ocultaban la tierra en paredes huecas y esparcían una parte por el patio de la cárcel para no levantar sospechas.
Lucía Topolansky fue una de las figuras clave de la operación. Localizó el punto exacto al que llegaría el túnel fuera de los muros de la cárcel. Actuó desde el exterior y coordinó mensajes e instrucciones para los presos, mediante notas ocultas, códigos y visitas organizadas de abogados y familiares que llevaban mensajes. También se encargó de organizar vehículos y documentos falsos que permitirían a los fugitivos desaparecer en cuanto salieran del túnel.
El 6 de septiembre de 1971 fue la gran noche. Coincidía con las celebraciones del Día de la Independencia de Uruguay y con el día de homenaje a Túpac Amaru, figura que inspiraba al movimiento. Esa noche concluyó la excavación y 106 presos empezaron a avanzar a rastras por el túnel, caluroso y asfixiante. La emoción era inmensa. Afuera los esperaban Lucía y otros compañeros en los vehículos de escape. El trayecto a rastras tomó varias horas, en completo silencio. En cuanto salieron, los presos se distribuyeron entre los vehículos. Nadie murió ni resultó herido. Durante el viaje se cambiaron de ropa, recibieron documentos falsos y llegaron a casas de seguridad preparadas de antemano. La fuga no se descubrió hasta la mañana siguiente. Causó una vergüenza nacional al gobierno uruguayo, pero también despertó gran admiración e inspiró a muchos simpatizantes del movimiento.
La fuga de Punta Carretas es considerada una de las fugas masivas más exitosas e impresionantes de la historia, e incluso fue incluida en el Libro Guinness de los récords como la fuga masiva más grande. Hoy, esa cárcel se ha convertido en un centro comercial de lujo.
José Pepe Mujica disfrutó de la libertad solo por poco tiempo. Apenas un mes después lo capturaron y lo llevaron de vuelta a Punta Carretas. Nada más entrar en prisión, empezó a planear su siguiente fuga. Esta vez sería menos heroica e incluiría apenas a unos diez fugitivos. Tras el fracaso del primer intento de fuga, esta vez cavaron el túnel desde fuera hacia dentro. Para salir, avanzaron sobre tablas con ruedas, a fin de desplazarse más rápido por los túneles. Así, en abril de 1972, José y sus compañeros escaparon de la cárcel y volvieron a causar una profunda vergüenza a las autoridades.
Los Tupamaros y la crisis en Uruguay
José Pepe Mujica fue uno de los líderes del movimiento Tupamaros (MLN-Tupamaros), una guerrilla socialista profundamente influida por la Revolución cubana encabezada por el Che Guevara. El movimiento tomó su nombre de José Gabriel Túpac Amaru, un indígena que lideró una gran rebelión contra el Imperio español y es considerado un prócer nacional. Por cierto, el rapero Tupac Shakur también lleva su nombre.
«La Suiza de América del Sur»: así llamaban a Uruguay durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial. El país vendía productos agrícolas al ejército estadounidense y la pequeña nación, encajada entre los gigantes Brasil y Argentina, hizo una fortuna. Sin embargo, al terminar la guerra, la demanda disminuyó y con ella también cayó el nivel de vida. Bajaron los salarios, se disparó el desempleo y comenzó la agitación social.
La organización Tupamaros fue fundada por Raúl Sendic. Sus primeros integrantes fueron agricultores afectados por la pobreza en las zonas rurales, junto con células de izquierda radical del Partido Socialista de Uruguay. La organización atrajo a sindicalistas, campesinos pobres y jóvenes estudiantes idealistas. Desde sus primeras acciones, fueron presentados como revolucionarios románticos, una especie de Robin Hood moderno. En el verano de 1969, después de que Lucía Topolansky y Mujica recopilaran información, los Tupamaros alquilaron una casa cerca de la institución financiera Financiera Monty, en Montevideo. Desde allí empezaron a cavar un túnel bajo las calles de la ciudad, en dirección a la bóveda del banco. Varios meses después llegaron a la sala donde se guardaban valores, dinero en efectivo y documentos secretos de clientes ricos e influyentes que lavaban y ocultaban dinero y evadían impuestos. La suma robada fue legendaria para la época, pero, sorprendentemente, nadie presentó una denuncia. Nadie quería revelar la magnitud de su fortuna ilegal. Los Tupamaros se dirigieron directamente al público y publicaron extractos de los documentos para exponer la riqueza oculta de la clase dominante. Eso les granjeó mucha simpatía popular e incluso llevó a la condena de varios ricos del país.
Dejaron muy claro que no eran delincuentes ávidos de dinero, sino ideólogos que lo tomaban para financiar la revolución. Usaron ese dinero para crear una red de casas de seguridad, montar una imprenta clandestina y financiar «cárceles populares» donde retenían a figuras importantes secuestradas para negociar.
Durante sus operaciones, se esforzaron mucho por no dañar a la población civil, pero con el tiempo esa regla se fue resquebrajando, entre otras cosas por la presión agresiva a la que estaban sometidos. En la incursión de octubre de 1969 en Pando, un pequeño pueblo situado a unos 32 kilómetros al oeste de Montevideo, murieron durante un tiroteo un policía y tres guerrilleros. Lo mismo ocurrió el 18 de abril de 1972, cuando cuatro soldados que custodiaban la casa del comandante en jefe Florencio Gravina fueron asesinados a tiros. La organización también se dedicaba habitualmente a robar bancos. Años después, en el documental sobre él El Pepe, una vida suprema (disponible en Netflix), Mujica contó que disfrutaba mucho entrar en los bancos con una pistola calibre 45. Para él, era la única vez que lo respetaban.
Las operaciones destinadas a cambiar el gobierno acabaron provocando lo contrario. En 1972, el ejército asumió la lucha contra los Tupamaros y logró detener las actividades de la organización. Un año después se instauró una dictadura militar.
Prisión, aislamiento y recuerdos
Con la eliminación de la guerrilla, en agosto de 1972, Mujica fue capturado mientras dormía al aire libre, armado con una subametralladora Uzi y una granada de mano. Su captura marcó el fin de la etapa de guerrilla efectiva. Fue trasladado a una cárcel militar, donde los líderes fueron declarados rehenes. El gobierno amenazó con ejecutarlos, incluido Mujica, si los Tupamaros intentaban reanudar sus actividades. El régimen militar se propuso no solo encarcelarlo, sino también quebrarlo psicológica y físicamente. Lo arrojaron al fondo de un abrevadero para caballos, donde permaneció dos años, y durante los 13 años siguientes lo trasladaron de un centro a otro para impedir cualquier intento de fuga. Pasó todo ese tiempo en aislamiento absoluto. Durante esos años sufrió torturas severas. Pasó hambre y soportó suciedad, golpes y humillaciones. Todo esto se muestra en la película La noche de 12 años, disponible en Netflix, que describe, entre otras cosas, las condiciones insoportables: solo se les permitía usar el baño una vez al día y obligaban a Mujica y a otros presos a beber su propia orina. Con el tiempo, contrajo una infección urinaria y terminó perdiendo un riñón. Años después, José Pepe Mujica reconoció que el aislamiento extremo lo había llevado al borde de perder la cordura y de caer en la paranoia. Ante los intentos del régimen de quebrar su espíritu, Mujica desarrolló una estrategia de supervivencia interior muy particular. Para conservar la cordura, tuvo que reconstruir en su memoria lo que había leído de joven («Empiezo a recordar, recordar y recordar») y mantener un diálogo interior con «la persona que llevaba dentro». No se veía a sí mismo como una víctima y se negaba a concentrarse en su sufrimiento: «Ganamos: no enloquecimos». En la cárcel llegó a una comprensión fundamental: la libertad interior de una persona se construye al entender que lo verdaderamente necesario son los recursos espirituales e intelectuales propios, y no las posesiones materiales. Durante ese período solo le permitieron leer dos libros de Platón y una novela sobre la Segunda Guerra Mundial. En medio del encierro cruel y la soledad paralizante, Mujica continuó su lucha, grande y pequeña a la vez. Uno de los episodios más conocidos fue su lucha por conseguir un orinal. Después de varios años, logró obtener uno y plantó una flor en él.
En el certificado de nacimiento de Mujica consta que nació en 1935, pero, según él, hubo un error en el registro y en realidad nació en 1934. Nació con el nombre de José Alberto Mujica Cordano y recibió el apodo de «Pepe» cuando se unió a los Tupamaros. Creció en una familia de clase media. Su padre, Demetrio Mujica, era de ascendencia vasca española y trabajaba en infraestructuras de transporte. José Pepe tenía apenas siete años cuando su padre murió por fumar en exceso, y la familia cayó en la pobreza. Su madre, Lucía Cordano, se hizo cargo del sustento de la familia; tenía un pequeño negocio de flores y José trabajaba con ella. Ya entonces entendió que vendería más flores entre los pobres que en los barrios ricos, porque la mortalidad era mayor entre los pobres y la mayor parte de las flores se compraba para los numerosos funerales. Vivían en una pequeña y humilde granja donde cultivaban flores y criaban algunas gallinas y vacas. Él describió su infancia como «pobreza con dignidad». José no terminó la secundaria y trabajó como agricultor. Su vínculo con la tierra lo acompañó toda la vida. De adolescente se interesó profundamente por la política y recibió la influencia del pensamiento de izquierda y de la Revolución cubana. Fue miembro de las juventudes del Partido Socialista de Uruguay.
El regreso a la vida política
A comienzos de la década de 1980, el viento de la democracia volvió a soplar en Uruguay y en América Latina en general, y la participación política de la ciudadanía adquirió mayor protagonismo. En 1984 comenzaron grandes huelgas en todo el país contra el régimen militar, que exigían la liberación de los presos políticos, entre ellos Mujica. En enero de ese año se organizó la primera huelga general de 24 horas desde el golpe militar de 1973. Quedó al descubierto la debilidad del aparato militar y comenzaron las conversaciones entre los líderes militares y los políticos civiles, en un intento de llegar a un acuerdo sobre la transición al gobierno civil. Una vez alcanzado el acuerdo, se celebraron elecciones generales. En noviembre de 1984 se realizaron elecciones democráticas que marcaron el fin del régimen militar. En ellas, Julio María Sanguinetti fue elegido presidente civil. Asumió el cargo en marzo de 1985, con lo que se completó la transición oficial de Uruguay a la democracia, después de 12 años de dictadura. Sanguinetti decidió liberar a todos los presos políticos, pero también resolvió no procesar a los militares implicados en violaciones de derechos humanos durante la dictadura. José Pepe Mujica fue liberado.
Al salir de la cárcel, Mujica se llevó el orinal y lo enterró junto a su madre, que había muerto mientras él estaba preso. Para él fue un rito personal de liberación, una victoria sobre la opresión y un homenaje a su madre, que lo apoyó y lo esperó, aunque él no pudo asistir a su funeral.
Varios años después del restablecimiento de la democracia, Mujica y los Tupamaros se unieron a otras organizaciones de izquierda para fundar el Movimiento de Participación Popular, un partido político que pasó a formar parte de la coalición Frente Amplio, organizada por el propio José Pepe. Se presentó a las elecciones con el Frente Amplio y, en 1994, José Pepe Mujica fue elegido diputado. Fue un día emocionante para él y para sus compañeros agricultores, trabajadores y militantes de izquierda. En las elecciones de 1999 ya fue elegido senador. El Movimiento de Participación Popular fue ganando fuerza gradualmente, en parte gracias al carisma personal de Mujica, y en 2004 se convirtió en el sector más grande del Frente Amplio. Ese año Mujica fue reelegido senador y el movimiento que dirigía obtuvo 300.000 votos, consolidándose como la principal fuerza política de la coalición y desempeñando un papel importante en la victoria de Tabaré Vázquez en las elecciones presidenciales. El 1 de mayo de 2005, el presidente Tabaré Vázquez nombró a Mujica ministro de Ganadería, Agricultura y Pesca. Tras su nombramiento, Mujica renunció a su cargo de senador. Al día siguiente, llegó al Ministerio de Agricultura en bicicleta. El guardia, que no lo reconoció, le preguntó cuánto tiempo pensaba dejarla allí, porque pronto llegaría el nuevo ministro. José Pepe Mujica respondió sonriendo: «Me parece que tres años, que es lo que dura mi nombramiento...»
Mujica estaba cerca de los agricultores. Era uno de ellos y sabía qué les preocupaba. Trabajó con empeño para mejorar sus condiciones, promover el desarrollo agrícola moderno y fortalecer las exportaciones de productos agrícolas. Mujica era conocido por su estilo directo y popular; impulsó la agricultura sostenible y puso en marcha reformas que apoyaban la revitalización del campo y facilitaban el acceso a recursos para los sectores vulnerables. Al terminar su gestión, tras un cambio de gabinete, volvió a la arena política como senador.
En 2008, José Pepe Mujica anunció su candidatura a las elecciones presidenciales que se celebrarían al año siguiente. El entonces presidente, Tabaré Vázquez, prefería como candidato a su ministro de Economía, Danilo Astori. Los candidatos conservadores que competían con Mujica intentaron presentarlo como alguien que impondría en el país un régimen de terror al estilo de Hugo Chávez, en Venezuela, y Evo Morales, en Bolivia, lo que aislaría a Uruguay del mundo occidental. Mujica negó rotundamente las acusaciones y sostuvo con firmeza que un gobierno suyo aplicaría una política de centro.
El camino a la presidencia
En noviembre de 2009, el niño huérfano y pobre, el exterrorista y revolucionario, venció a su rival conservador Luis Alberto Lacalle y ganó las elecciones con más del 52% de los votos. En marzo de 2010 fue Lucía Topolansky quien le colocó la banda presidencial durante la ceremonia de investidura, como es costumbre que haga el senador que recibió la mayor cantidad de votos.
Al principio, su presidencia se convirtió en una curiosidad; después, despertó admiración en todo el mundo. Llegaba al palacio presidencial en un viejo Volkswagen Escarabajo azul, modelo 87. Donaba a la caridad el 90% de su salario mensual, que ascendía a 12.000 dólares, y en 2010 declaró un patrimonio personal de 1.800 dólares, equivalente al valor de su Escarabajo. Cedió el palacio presidencial a las personas sin hogar y siguió viviendo en su modesta granja, en una cabaña con techo de chapa, junto con Lucía Topolansky, con quien se había casado en 2005. Su sello personal era un estilo directo y sencillo. Paseaba por la calle con su perra Manuela, que tenía tres patas; la quería mucho y la llevaba a todas partes. Lucía también donaba una parte importante de su salario a los pobres. Ese estilo de vida le valió el título de «el presidente más pobre del mundo». José Pepe Mujica detestaba ese título. «No soy pobre, soy austero», explicó en una entrevista periodística, y añadió: «Vivir con poco es lo que me hace libre». No fueron pocos quienes se preguntaron si todo aquello era una gran puesta en escena o una forma de vida auténtica. Después de vivir así durante cuarenta años, se puede afirmar con certeza que era auténtico y sincero.
Durante su presidencia, Mujica aprobó una serie de leyes sociales y liberales que convirtieron a Uruguay en uno de los países más progresistas del mundo en ese sentido. Entre ellas, una ley que permitía a las mujeres abortar a expensas del Estado durante las primeras 12 semanas de embarazo y el derecho de las parejas del mismo sexo a casarse. Uruguay se convirtió en el primer país del mundo donde se permitió legalmente poseer, cultivar y vender marihuana. Promovió considerablemente la energía verde. Actualmente, la mayor parte de la electricidad del país proviene de fuentes renovables. Aumentó el gasto social del 60,9% al 75,5%. Redujo el desempleo del 13% al 7%, la pobreza bajó del 40% al 11% y el salario mínimo aumentó un 250%. Cada medida que impulsó partía de una sola pregunta: qué era bueno para los pobres. Sabía que los abortos ilegales no eran un problema para una señora rica que pagaba enormes sumas a buenos médicos dispuestos a infringir la ley, sino un grave problema para su empleada doméstica, que no podía costear un aborto con un buen médico y tenía que acudir a médicos malos. La tasa de mortalidad entre ellas por abortos practicados sin pericia era muy elevada. Sabía que la mayoría de las personas detenidas por consumir cannabis eran pobres. Su estilo sencillo y sus profundas ideas humanistas le ganaron la simpatía de muchos ciudadanos uruguayos. «El problema es que el mundo está gobernado por viejos que olvidaron cómo eran cuando eran jóvenes», dijo una vez. Mujica era un vegetariano estricto en un país donde comer carne es una parte esencial e importante de la cultura.
En septiembre de 2013, Mujica fue invitado a pronunciar un discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas. Este discurso pasó a formar parte del panteón de los grandes discursos por su crítica mordaz al capitalismo y al consumismo, y por su llamado a volver a valores humanos más sencillos: «Somos la única especie capaz de actuar contra su propia especie. La debilidad de la política moderna es que está atada a la economía y al mercado que deberíamos gobernar. No para regresar a la época del hombre primitivo, sino para sobrevivir. Parece que la vida moderna se rige por un sistema de valores invertido, dirigido por quienes sostienen que “somos más felices cuando somos más ricos, sin importar qué medios se utilicen”. Difundimos esta marca global de consumo, que en algunas de nuestras sociedades se convierte en un fin en sí mismo».
Sobre la felicidad, dijo: «Hemos sacrificado a los antiguos dioses inmateriales y ahora estamos sentados en el templo de los “dioses del mercado”. Él organiza nuestra economía, nuestra política, nuestros hábitos... Destruimos las selvas verdaderas y sembramos selvas anónimas de cemento. Combatimos el sedentarismo caminando en cintas de correr, el insomnio con pastillas y la soledad con aparatos electrónicos. ¿Es posible que seamos felices estando tan alejados de nuestra esencia humana? Debemos hacernos esa pregunta. El desarrollo no puede ir en contra de la felicidad. Debe estar al servicio de la felicidad humana, del amor en la Tierra, de las relaciones humanas, del cuidado de los niños, de tener amigos y de satisfacer nuestras necesidades básicas. Precisamente porque ese es el tesoro más valioso que tenemos: la felicidad». No se limitó a criticar; también propuso una alternativa real: «El mundo clama por reglas globales que respeten los logros de la ciencia... Debemos alcanzar un amplio acuerdo planetario que libere la solidaridad entre los más oprimidos y castigue y grave el despilfarro y la especulación, movilizando a las grandes economías. No para producir artículos desechables, sino bienes útiles, sin obsolescencia programada ni excedentes, que ayuden a los pueblos más pobres del mundo».
El fin del mandato y el legado
Tras terminar su presidencia en 2015, Mujica siguió desempeñándose como senador por la coalición Frente Amplio. En una época en que la política suele percibirse como un instrumento al servicio de intereses privados, Mujica demostró que se puede tener poder sin perder la dignidad humana. No buscó enriquecerse, no acumuló una fortuna personal ni persiguió influencia global, y se mantuvo fiel a sus principios fundamentales. Demostró que la política puede ser humana y que el gobierno puede servir a la ciudadanía sin someterla, y que un liderazgo sin integridad genuina es hueco y vacío.
En octubre de 2020, a los 85 años, Mujica se retiró oficialmente del Senado. Volvió a trabajar en su granja con su viejo tractor y promovió un proyecto para abrir una escuela agrícola destinada a jóvenes pobres en un granero vacío cerca de su casa, proyecto que financió con su propio dinero. En abril de 2024 reveló que padecía un cáncer avanzado y decidió no someterse a más tratamientos. Mujica murió el 13 de mayo de 2025, a los 89 años, y fue enterrado junto a su madre, cerca del orinal en el que había cultivado la flor en la cárcel y de su perra Manuela.
Al momento de escribir esta publicación, Uruguay, a diferencia de sus grandes vecinos, consigue funcionar de manera ejemplar. Ha logrado evitar los problemas económicos y políticos que caracterizan a la región e incluso depender por completo de la energía verde. Se considera la única democracia liberal de América Latina y buena parte de este éxito puede atribuirse a uno de los presidentes más lúcidos e impresionantes que ha conocido esta región, y quizá el mundo entero: José Pepe Mujica.





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