María y sus tres hijas: una poderosa fuerza femenina que, en medio del horror de la Segunda Guerra Mundial, arriesgó la vida para salvar a judíos. Al terminar la guerra, se convirtieron al judaísmo y emigraron a Israel.
El camino hacia el exterminio de los judíos de Hungría
El asesinato del archiduque austríaco Francisco Fernando en Sarajevo, en 1914, desencadenó una serie de acontecimientos que condujeron a una devastación mundial. El Gobierno austrohúngaro consideró a Serbia responsable del asesinato del heredero al trono del emperador Francisco José y, un mes después, declaró el inicio de una guerra que se convirtió en un conflicto mundial devastador y duró cuatro años. Sin embargo, los austríacos no previeron que, al terminar la guerra, el Imperio austrohúngaro se derrumbaría tras 51 años de gobierno de la casa de Habsburgo. Durante aquella guerra murieron cerca de 2 millones de soldados del imperio y 300.000 de sus habitantes. El imperio que se derrumbó se dividió en varios países, como Austria, Hungría y Checoslovaquia. Los cambios fronterizos dejaron a grandes minorías de húngaros y germanoparlantes, que eran ciudadanos de Austria, fuera del territorio del Imperio austrohúngaro. Eso ocurrió en los Sudetes, cerca de la frontera con Alemania, donde vivían principalmente personas de origen alemán. Esta situación se prolongó hasta la Segunda Guerra Mundial, con la llegada de Hitler al poder. Hitler planeaba destruir Checoslovaquia con el argumento de que los 3 millones de alemanes que vivían en esa región debían incorporarse a Alemania junto con todos los Sudetes. Se lo exigió al presidente de Checoslovaquia y, cuando este se negó, amenazó con iniciar una guerra.
Los europeos, marcados por la guerra, no querían otro conflicto. En efecto, en virtud del Acuerdo de Múnich de septiembre de 1938, los Sudetes fueron anexados a Alemania, pero ni siquiera eso impidió la Segunda Guerra Mundial.
Hungría fue ocupada recién en marzo de 1944, y los judíos, incluso después de que les quitaran sus derechos, no llegaron a comprender que sus vidas corrían un peligro tan grave. Los hombres reclutados para trabajos forzados llegaron a creer, equivocadamente, que eran indispensables para el sistema y que, por eso, su destino sería distinto al de los judíos de los demás países ocupados por Alemania.
En mayo de 1944, alrededor de medio millón de judíos fueron concentrados en guetos y, a mediados de mayo, comenzaron las deportaciones al campo de exterminio de Auschwitz. En dos meses fue asesinado el 77 % de los judíos de Hungría y, para comienzos de 1945, también habían asesinado a los restantes.
La casa Csizmadia como escondite
La casa de los Csizmadia era un hogar solo de mujeres. María, una costurera viuda, crió sola a sus tres hijas: Irena, la mayor; Olga, y Malvina, la menor, de 15 años. Vivían en el pueblo de Kistoronya.
Seis años antes, en octubre de 1938, cuando en el pueblo ya regían las leyes que privaban a los judíos de sus derechos, María Kovács Csizmadia, una viuda valiente y una mujer de principios, organizó una petición firmada por los habitantes del pueblo para exigir que se permitiera reabrir los grandes almacenes de propiedad de la familia judía Schwarz, que habían cerrado cuando llegaron los alemanes. A raíz de esta acción, María fue encarcelada durante 10 días.
A comienzos de 1944, Olga, que entonces tenía 22 años, trabajaba en una tienda de propiedad judía en el pueblo de Sátoraljaújhely. Cuando Ernő Waller, el dueño de la tienda, se enteró de que la Gestapo mantenía detenidos en el pueblo a un grupo de judíos que habían intentado escapar cruzando la frontera con Eslovaquia, se lo contó a Olga. Ella se dirigió de inmediato a la comisaría, ya entrada la noche, y con astucia logró entrar en la celda y llevarles comida, ropa y dinero. Nunca supo quiénes eran ni qué fue de ellos.
En abril de ese año, tras la destitución del Gobierno húngaro y la instauración de un Gobierno nazi, cerraron todos los negocios de propiedad judía. Ernő Waller le entregó las llaves a Olga para que cuidara de la tienda hasta que «pasara la tormenta». Olga hizo un enorme esfuerzo para ayudar a Waller y a su esposa a escapar, pero él se negó a dejar atrás a su familia. Ernő Waller fue asesinado en Auschwitz. Su esposa logró sobrevivir al campo y, durante la guerra, se mudó a la casa de la familia Csizmadia hasta que emigró a Estados Unidos.
La primera vez que Malvina se encontró con los trabajadores forzados fue mientras jugaba en el patio de su casa, que lindaba con la escuela de comercio convertida en un campo de trabajo donde habían concentrado a 210 trabajadores. Malvina, que entonces tenía 14 años, trepó por el muro y empezó a hablar con un hombre judío que era el cocinero del campo. Ella le ofreció su ayuda y él le pidió que enviara sus cartas por correo. Malvina le contó a Olga que había conocido a «aquellas personas extrañas», como las llamaba. Cuando Olga e Irena comprendieron que se trataba de judíos, toda la familia se movilizó para ayudarlos. A través de aquel muro que separaba el patio de la familia del campo, les pasaban comida cocinada, productos horneados y otros alimentos. La casa de la familia se convirtió en el punto de contacto de los prisioneros con el mundo exterior. Las hijas de los Csizmadia servían de enlace entre los trabajadores forzados y sus familias, y también mantenían informados a los prisioneros sobre lo que ocurría en el mundo. En algunas ocasiones, la familia conseguía levantarles el ánimo introduciendo cigarrillos y periódicos a escondidas. Las hijas de la familia continuaron con estas actividades hasta casi finales de octubre de 1944.
Con el tiempo, las tres hijas de María se hicieron amigas de varios miembros de la unidad, lo que les permitió usar su casa para que se reunieran con familiares que llegaban de lejos a visitarlos, tal como contó uno de los judíos a quienes salvaron: «Su casa era nuestra casa».
Cuando el Ejército Rojo se acercó al campo, quedó claro que el destino de los prisioneros sería la ejecución inmediata o una marcha de la muerte. Algunos le pidieron a Olga que los escondiera en su casa y, a quienes querían escapar, les encontró refugios en las casas de otros familiares y amigos de la zona.
A finales de ese mes, la familia escondió en su casa a 28 hombres en una operación planeada de antemano. Todas las acciones se llevaron a cabo prácticamente bajo las narices de los soldados nazis que abarrotaban el pueblo, poniendo en riesgo la vida de la familia.
El día de la fuga, un sargento que servía en el campo y sospechaba de Olga llegó a la casa de la familia y le dijo que le faltaban 30 hombres, y que le recomendaba avisarles que más les valía regresar al campo. Olga respondió que no tenía idea de qué estaba hablando y le sugirió que buscara hombres por la calle.
Uno de los prisioneros, Naftali (Ladislav) Shurni, contó cómo Olga distrajo al gendarme que vigilaba el tren al que él estaba a punto de subir, hasta que logró escapar y se desplomó, exhausto, en un campo. Olga fue a buscarlo y lo llevó a un lugar seguro.
Esta intensa actividad dio lugar a no pocas situaciones insólitas. En una ocasión, Malvina, que era de baja estatura, logró arrastrar hasta el escondite que le había preparado a uno de los sobrevivientes, que era corpulento, mientras un oficial de las SS pasaba junto a ellos. En otra ocasión, las hijas de la familia escondieron a dos sobrevivientes en un armario de una habitación abandonada en el puente cercano al puesto fronterizo. Uno de ellos era Karol Chaim Fischer. Karol le escribió a Olga que se había enterado de que planeaban destruir el puente y le pidió que fuera pronto a rescatarlos. Por la noche, Olga los llevó al pueblo a través de un campo minado, pero al ver que estaba lleno de soldados alemanes que huían del Ejército Rojo, los escondió en una era de trilla y corrió a casa de su abuelo para llevarles comida. Al llegar, descubrió que en la casa había varios oficiales alemanes que regresaban del frente ruso. Olga sabía que sus acciones no solo la ponían en peligro a ella, sino también a su querida familia. A pesar de ello, escondió a Karol y a su amigo en el desván y durante dos días les llevó comida, hasta que los trasladó a casa de un conocido que se hizo cargo de ellos.
A comienzos de diciembre de 1944, cuando el Ejército Rojo entró en el pueblo y el ejército nazi se retiró, las hijas de la familia por fin pudieron respirar aliviadas, y los sobrevivientes pudieron salir de sus escondites y recorrer el pueblo. La mayoría de los trabajadores forzados y de los fugitivos se dispersó en todas direcciones. Algunos regresaron con sus familias y quienes las habían perdido salieron a buscar una nueva vida. En el pueblo solo quedaron cuatro hombres, entre ellos Karol Chaim Fischer.
Después de la guerra y el reconocimiento
Karol Chaim Fischer enfermó de nefritis y fue trasladado al hospital. Como el hospital no tenía equipamiento, Olga le llevó un colchón, ropa de cama y medicamentos. Cuando se hizo evidente que necesitaba penicilina, Olga pasó tres días viajando en trenes de carga por zonas de combate para conseguirle el medicamento. Durante sus visitas diarias, surgió una relación estrecha entre ambos. Después de varios meses en el hospital, Karol se recuperó y le pidió matrimonio a Olga. Ella aceptó y también se convirtió al judaísmo ante el rabinato de Eslovenia; además, añadió a su nombre el de «Sara».
Naftali (Ladislav) Shurni se enamoró de su hermana Irena. Desde el principio, Naftali se dirigió a María, la madre, señaló a Irena y dijo: «Ella será mi esposa». Años más tarde, su hija Tzipi contó: «Ella tenía apenas 14 años y medio, y él era diez años mayor que ella, pero más adelante él regresó y se la llevó». Y así fue: después de la guerra, Irena se convirtió al judaísmo, pasó a llamarse Orna y se casó con Naftali Shurni. Se mudaron a Chequia, donde regentaron una tienda de artículos deportivos. En 1949 emigraron a Israel con su hijo, nacido en Europa; su hija Tzipi nació ya en el país. Al llegar a Israel, Irena les envió una carta a su madre y sus hermanas en Hungría, en la que escribió: «La vida en Israel es muy difícil, pero esta es nuestra tierra». Irena y Naftali establecieron su hogar en Nahariya y abrieron en su casa la «Pensión Shurni». Naftali también trabajó como marino. A raíz de la carta, Olga y Karol también emigraron a Israel con sus hijos, Moshé e Isaac. Malvina se reunió con sus hermanas en el país y se casó con un israelí.
Tras la derrota de Alemania y la restitución del control al Gobierno de Checoslovaquia, entre mayo y agosto de 1944 fueron expulsados de los Sudetes alrededor de 800.000 alemanes y unos 30.000 murieron durante el traslado forzoso.
En junio de 1965, Malvina recibió el título de Justa entre las Naciones, y en marzo de 1987 también lo recibió Olga. Seis meses después, Irena fue reconocida asimismo. Su madre, María, recibió el título en 1988 y, en su honor, se plantó un árbol en el Jardín de los Justos entre las Naciones. María también quería convertirse al judaísmo, pero murió antes de poder completar el proceso.
La bondad de las hermanas no terminó con el fin de la guerra ni con su llegada a Israel. Durante muchos años, Olga trabajó como voluntaria en organizaciones que apoyaban a la comunidad y ayudaban a personas con cáncer, personas ciegas, niños con discapacidades y otros grupos.
Durante la Segunda Guerra del Líbano, un cohete Katyusha impactó en la casa de Irena (Orna). Ella sufrió un accidente cerebrovascular del que nunca se recuperó. La casa de Irena en Nahariya estaba abierta a todos los inmigrantes recién llegados y a quienes necesitaban ayuda. Su madre, María Csizmadia, que vivía con ella, alimentaba, vestía y alojaba a los inmigrantes, y ayudaba de buena gana a quien se lo pidiera.
Olga Sara murió en septiembre de 2006, a los 84 años. Malvina murió en 2010, a los 84 años, y Orna murió en 2017, a los 89 años.





תגובות
עדיין אין תגובות.