Con una meta sagrada a cuestas, un hebreo elegante en los labios y una visión en la mirada. Yitzhak Epstein A veces parece que lo que existe hoy es lo mismo que existía antes. Pero no es así. En aquella época no había planes de estudio, y no todo el mundo hablaba hebreo: se reservaba para la oración y el estudio de textos sagrados. Yitzhak Epstein fue un revolucionario pionero, uno de aquellos integrantes de la Primera Aliá que soñaron en grande y convirtieron sus sueños en realidad. No llegó a la Tierra de Israel como lingüista o educador, sino como trabajador manual. Pronto comprendió que su misión no consistía únicamente en trabajar la tierra, sino también en devolver la lengua hebrea a la vida.
Un hombre de misión
Epstein nadaba contra la corriente, pero siempre en favor del bien común. Allí donde sentía que faltaba alguien que «se hiciera responsable», sencillamente se convertía en esa persona. En Safed, Rosh Pina, Metula e incluso Salónica, en Grecia, Epstein asumió la tarea con un profundo sentido de misión, y su influencia se hizo sentir en todos los lugares a los que llegó.
Su figura era excepcional no por lo que hacía, sino por la manera de hacerlo. Se exigía más a sí mismo que a sus alumnos y era riguroso con un hebreo preciso, auténtico y elegante. Creía en el poder de la lengua y la veía como una herramienta nacional, cultural y educativa.
Yitzhak Epstein nació a finales de 1862 en el seno de una familia religiosa, en una pequeña localidad de Lituania (hoy Bielorrusia). Heredó el amor por la lengua hebrea de su padre, Nahum, que era maestro de hebreo, y recibió el fervor sionista de su hermano mayor, Zalman, uno de los primeros predicadores de Jibat Tzión y del sionismo. Yitzhak escribió en sus memorias: «Desde mi juventud se manifestó en mí una inclinación por la enseñanza. Todo conocimiento verdadero me producía satisfacción, y, cuando se lo explicaba a los demás, disfrutaba el doble».
De adolescente, Epstein se trasladó a estudiar a la gran ciudad de Odesa y, al mismo tiempo, siguió estudiando hebreo y leyendo literatura hebrea bajo la guía del escritor Moshe Leib Lilienblum. A los 21 años empezó a estudiar agricultura. Era uno de quienes creían que el trabajo agrícola crea una persona nueva, más sana, más honrada y más vinculada a la tierra. Yitzhak vio por primera vez las costas del país en 1886, cuando llegó a la Tierra de Israel como parte de un grupo de seis jóvenes enviado por el movimiento Jovevei Tzión de Odesa, con financiación del barón Rothschild, para formarse en agricultura y, más adelante, orientar a nuevos colonos en lugar de los instructores franceses. Los seis llegaron primero a Zikhron Ya'akov, donde Epstein trabajó retirando piedras de los campos y construyendo el camino que subía por la montaña hasta la colonia. De Zikhron Ya'akov se trasladó a Rosh Pina y empezó a trabajar en el vivero de flores y plantas ornamentales de Yesod Hama'ala, destinado a la industria de los perfumes. Bajo su supervisión trabajaban allí decenas de obreros de Safed, en su mayoría mizrajíes, y de ellos aprendió árabe. Cuatro años después, Epstein pasó a dedicarse a la enseñanza. Se casó con Rachel, hija de Yosef Weidenfeld, una alumna suya de Rosh Pina, y se trasladó para enseñar en las localidades galileas de Rosh Pina, Safed y Metula.
El maestro de hebreo
En aquella época, la lengua hebrea apenas daba sus primeros pasos. Había pocos maestros de hebreo y tampoco se conseguían libros. Epstein decidió que esa era su misión, aunque el salario en la agricultura fuera más alto que el de la enseñanza. Años después escribiría en sus memorias: «Nunca había visitado una escuela primaria ni había leído nada sobre educación y enseñanza, psicología o pedagogía. Para mí, la teoría de la educación y su historia aún no existían». Inventó un método para enseñar hebreo y hablarlo, y también creó nuevas palabras en esa lengua, entre ellas: herencia, actividad, observación, sensibilidad, fenómeno, conciencia, relieve, activo y pasivo, y funcionar.
A Yitzhak Epstein le desagradaba el uso de palabras extranjeras dentro de la lengua hebrea: «La mezcla de lenguas despertaba en mí una especie de sensación de fealdad; detestaba los híbridos... La lengua extranjera debe enseñarse observando el entorno natural, de modo que el alumno adquiera, hasta cierto punto, no solo palabras y expresiones, sino también nuevas impresiones y conceptos renovados y esclarecidos». Adoptó la pronunciación oriental y enseñaba «hebreo en hebreo». Los resultados fueron impresionantes. Todos admiraban a sus alumnos, que tenían la pronunciación clara y correcta que él les había inculcado, y su fama se extendió. Recibió numerosas ofertas para enseñar. Cuando daba clases en Metula, acudían alumnos incluso de lugares lejanos, como Zikhron Ya'akov, Rosh Pina, Jerusalén, Haifa y Mishmar HaYarden.
La singularidad de Yitzhak Epstein no consistía en enseñar «hebreo en hebreo», sino en su intento de enseñar hebreo incorporando canciones. No esperaba a que los poetas le escribieran canciones ni a que los compositores les pusieran música. En su libro publicó cinco canciones infantiles que compuso y musicalizó para los alumnos de la escuela de Rosh Pina. Estas canciones circularon entre los maestros y se enseñaron en los primeros jardines de infancia hebreos del país.
Epstein también cultivó el dialecto galileo, que aparece en la obra teatral de Shlomo Shava «Días de oro». Al comienzo de la obra aparece un galileo que llega a Jaffa y conversa con un lugareño llamado Mishke:
Galileo: Disculpe, señor, ¿dónde queda aquí un restaurante? / Mishke: ¿Qué? / Galileo: Un restaurante, un lugar donde se come. / Mishke: Ya te oí. Eres galileo, ¿de esos locos? / Galileo: Soy de Galilea, pero no estoy loco. / Mishke: Di «casa». / Galileo: Casa. / Mishke: Di: «Las moscas revolotean en la leche». / Galileo: Las moscas revolotean en la leche. / Mishke: Galileo testarudo.
La bet con daguesh era el rasgo más distintivo del dialecto galileo. La frase «Las moscas revolotean en la leche» se convirtió en un chiste conocido en el yishuv. Como ocurre con los dialectos de otras lenguas, esta forma de pronunciar no surgió gradualmente, sino que fue inventada por la imaginación desbordante de Yitzhak Epstein. Exigía que la letra bet se pronunciara siempre con daguesh. «Nos educaron para hablar enfatizando los sonidos», explicó uno de sus alumnos. «En la escuela intentaban que marcáramos la bet con daguesh y la pe con daguesh. La verdad, no sé muy bien por qué. Creo que querían darles a los habitantes de Galilea un matiz especial. Se hablaba así en las colonias y nosotros seguimos hablando así casi hasta hoy».
Yitzhak Epstein era de esas personas que nunca estaban satisfechas con sus logros, por grandes que fueran, algo que lo impulsaba a estudiar y mejorar continuamente. En 1903 se fue a estudiar a la Universidad de Lausana, en Suiza, donde se especializó en psicología y pedagogía para mejorar sus métodos de enseñanza. Cinco años después, la organización Alliance Israélite Universelle lo invitó a dirigir el gran Talmud Torá de Salónica. En dos años, la institución se convirtió en una escuela moderna y fundamentalmente hebrea. Sus conferencias en los clubes cautivaban a todos los oyentes, tanto por la belleza de su estilo hebreo como por su francés impecable. Epstein no se limitó a la escuela: organizó actos e infundió vida sionista al lugar. Los jóvenes conectaron con él y muchos de ellos incluso se trasladaron a la Tierra de Israel gracias a su influencia. Fue un período breve, pero intenso. Para los habitantes de Salónica fue «la época de Epstein», y la recordaron con cariño.
Yitzhak Epstein entró en el panteón israelí y ocupó un lugar de honor no solo por haber sido un importante maestro y educador, sino también por ser uno de los primeros en poner por escrito la cuestión de nuestra relación con los árabes que vivían en el país.
Una pregunta olvidada
En aquella época, la revista más importante y de mayor influencia era el mensual HaShiloaj. «Una revista mensual de literatura, ciencia y asuntos de la vida», según la definición de Ahad Ha'am, su editor. Este periódico se leía con una «taza de té»: lo financiaba Klonimus Zeev Wissotzky, el mayor productor de té de Rusia, un devoto amante de Sion y ferviente partidario de Ahad Ha'am. En 1907, Yitzhak Epstein publicó el artículo «Una cuestión desaparecida», que pasó a formar parte del canon israelí.
El artículo comienza así: «Entre las difíciles cuestiones relacionadas con la idea de que nuestro pueblo renazca en su tierra, hay una que equivale a todas las demás: la cuestión de nuestra relación con los árabes. Esta cuestión, de cuya solución correcta depende la realización de nuestra esperanza nacional, no ha sido olvidada, sino que ha desaparecido por completo de la vista de los sionistas, y en su forma auténtica casi no ha dejado huella en la literatura de nuestro movimiento». Más adelante, Epstein señala que «desde que nació el movimiento nacional hasta hoy, los activistas sionistas no han dejado de interesarse por las condiciones del país y sus leyes, mientras que la cuestión del pueblo que vive en él, que lo trabaja y es su verdadero dueño, todavía no ha despertado ni en el ámbito de la acción ni en el del estudio... Prestamos atención a todos los asuntos de nuestro país, lo debatimos y discutimos todo, lo alabamos y lo denigramos todo, pero hemos olvidado algo que parece insignificante: que en la tierra de nuestros deseos vive un pueblo entero, arraigado en ella desde hace cientos de años y que nunca ha tenido la intención de abandonarla». Epstein estableció un paralelismo: «Cuando sentimos con toda intensidad el amor a la patria por la tierra de nuestros antepasados, olvidamos que el pueblo que vive hoy en ella también tiene un corazón sensible y un alma capaz de amar. El árabe, como cualquier persona, está ligado a su patria con fuertes lazos». (Recomiendo leer el artículo desde la perspectiva del tiempo, pues da la impresión de que lo escribió un profeta). Epstein ya había presentado esas mismas ideas dos años antes, en una conferencia que pronunció ante la asociación Ivriya con motivo de la reunión del Congreso Sionista en Basilea.
Las huellas de este artículo pueden verse en los líderes sionistas que vinieron después. Todos los líderes sionistas que influyeron en la concepción política desde la fundación del Estado compartían algo: concebían el Estado judío como un Estado multinacional o incluso como un Estado dentro de un marco más amplio, como un Estado dentro de los Estados Unidos de América. En un artículo que escribió en 1926 en el periódico Рассвет (Rassvet), Jabotinsky aclaró que «el futuro de Palestina debe constituirse legalmente como un Estado binacional... y no solo Palestina. Todo país en el que haya una minoría étnica, por pequeña que sea, debe ser, según nuestras convicciones más profundas, un Estado binacional, trinacional o cuatrinacional». En 1930, Ben-Gurión escribió en su artículo «Bases para establecer un régimen estatal en la Tierra de Israel» que «la Tierra de Israel será un Estado federal... de modo que en ningún período llegue a haber en el país un gobierno de los árabes sobre los judíos ni de los judíos sobre los árabes».
Y, sin embargo, cuando los redactores de la Ley del Estado-Nación escribieron que «el Estado de Israel es el Estado nación del pueblo judío» y que «el ejercicio del derecho a la autodeterminación nacional en el Estado de Israel es exclusivo del pueblo judío», eso pareció lógico y a todos les resultó evidente que Israel es el Estado nación del pueblo judío y que la creación de un «Estado judío» había sido el objetivo del movimiento sionista desde su nacimiento.
Su legado para las generaciones
En 1926 nació el nieto de Yitzhak Epstein, en la colonia alemana de Haifa. Era hijo de su hija Tjiya, pianista, y de su esposo David Steinberg, hijo de Yejiel Mijael Steinberg, fundador de la fábrica de tejas [la Casa Roja]. Cuando la pareja le pidió a Yitzhak que propusiera un nombre para el recién nacido, les dio el nombre de Aluf. El apellido Steinberg significa Haraven. Con el tiempo, Aluf Haraven trabajó para la inteligencia militar israelí, el Mosad y el Ministerio de Asuntos Exteriores (Aluf estuvo casado con la escritora Shulamit Haraven y su hija es la escritora y periodista Gil Haraven).
En 1905, Yitzhak Epstein advirtió: «No provoquemos al león dormido. Una sola chispa bastará para encender un incendio que no se apagará». Haraven lo consideró una profecía que se había cumplido y señaló que su abuelo comprendió que «tarde o temprano nos enfrentaríamos, en toda su gravedad, al problema de las relaciones con nuestros vecinos árabes, y que la manera de abordar esta cuestión es reconocer los derechos del pueblo vecino... Reconocer a los árabes como un pueblo con el que necesariamente debemos llegar a un acuerdo; de lo contrario, nos veremos envueltos en una profunda hostilidad con ellos. Reconocer que el asentamiento judío causa dificultades a los árabes, que como consecuencia pierden sus tierras, y que es necesario afrontar esas dificultades e intentar encontrar una solución».
Aluf Haraven heredó de su abuelo no solo su nombre, sino también su visión humanista del mundo. Ochenta años después del discurso que pronunció su abuelo, Haraven escribió que la mayoría de sus ideas seguían siendo pertinentes: «Aún luchamos por el reconocimiento de un pueblo vecino y de sus dificultades, y contra la ignorancia y los prejuicios en todo lo relacionado con los árabes y nuestra relación con ellos».
Aluf Haraven escribió muchos libros y artículos sobre las relaciones entre árabes y judíos en Israel y sobre el judaísmo. En algunos expresó su visión de crear un «Estado de las personas», en el que la dignidad humana ocupara el centro de las relaciones entre sus distintos componentes: hombres y mujeres, nuevos inmigrantes y nacidos en el país, israelíes y trabajadores extranjeros, fuerzas de seguridad y ciudadanos, judíos y árabes, y ciudadanos de Israel y sus vecinos palestinos.
Haraven terminó su artículo con una pregunta: «¿Será nuestro futuro un conflicto violento como el de Bosnia, con la dura violencia entre sus distintos componentes nacionales y religiosos, o una paz cívica como la de Finlandia, el Estado del pueblo finlandés y de todos sus ciudadanos, donde la minoría sueca participa de manera efectiva en igualdad de derechos civiles y se mantiene la paz cívica?». «Esta es la gran y difícil pregunta a la que Israel se enfrenta de cara al siglo XXI».
Cuando regresó al país desde Salónica, después de la Primera Guerra Mundial, Yitzhak Epstein ya era doctor en literatura y pedagogía, y su nombre era conocido en el país y en la diáspora. Fue nombrado director del Seminario Levinsky, pero al poco tiempo renunció al honor, pues su camino era el de quien sirve a una causa, no el de quien ejerce el poder. Volvió a su amor por la lengua hebrea y se dedicó a perfeccionarla. Escribía una columna diaria en el periódico Davar con el propósito de mejorar la lengua y corregir los errores frecuentes del hebreo hablado y escrito. Cuando se fundó Radio Jerusalén, lo invitaron a recitar los viernes por la noche y durante años transmitió con su voz agradable y una melodía tradicional la porción semanal de la Torá y la haftará.
Yitzhak Epstein fue contemporáneo, compañero y fiel continuador de Eliezer Ben-Yehuda en la labor de revivir la lengua. Eliezer se dedicó a devolver la lengua a la vida, e Yitzhak Epstein dedicó toda su vida a mejorar el habla y revivir la pronunciación. Sin embargo, a diferencia de Eliezer Ben-Yehuda, Epstein no recibió el reconocimiento que merecía.
Yitzhak Epstein murió en 1943, a los 80 años, y fue enterrado en el cementerio del Monte de los Olivos. Un seminario para maestras de jardín de infancia en Jerusalén y una calle de Tel Aviv llevan su nombre.





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