A veces parece que la realidad que conocemos ha existido desde siempre. Los matrimonios mixtos, la escritura hebrea o la lectura de la Torá son solo algunas de las cosas que antes eran muy diferentes. Una persona cambió la situación y nos trajo lo que conocemos hoy.

Esdras el Escriba Un punto conveniente para comenzar nuestra historia es el siglo IX a. C., cuando el reino de Israel se dividió en dos: el reino de Israel, en el norte, cuya capital era Samaria, y el reino de Judá, en el sur, cuya capital era Jerusalén. Estos pequeños reinos se encontraban en la frontera entre los dos grandes imperios de Asiria y Egipto. Ambos ambicionaban controlar la ruta comercial que pasaba cerca de estos reinos, y la Tierra de Israel se convirtió en el foco de los conflictos entre los imperios. En 725 a. C., Oseas, rey de Israel, que hasta entonces estaba bajo el dominio asirio, decidió dejar de pagarles tributos y aliarse con Egipto. Esta decisión llevó a los asirios a responder con fuerza. Conquistaron Samaria y deportaron de la Tierra de Israel a unos veintisiete mil judíos, entre ellos miembros de las familias más ricas y cultas del pueblo. En el país quedaron las clases pobres y rurales, que trabajaban la tierra. Estos exiliados se asimilaron y desaparecieron; de vez en cuando surge alguien que afirma ser descendiente de las diez tribus.

El exilio en Babilonia y el retorno a Sion

Unos cien años después, el imperio asirio se desintegró y en su lugar surgió el imperio babilónico, que convirtió al reino sureño de Judá en su vasallo. Esta vez fue Joacim, rey de Judá, quien intentó rebelarse contra la ocupación y, en respuesta, unos diez mil judíos fueron deportados a Babilonia. En 588 a. C. estalló otra rebelión en Judá, y esta vez la respuesta babilónica fue cruel. Jerusalén fue destruida, el Templo fue saqueado y unos mil líderes y miembros de la nobleza judía fueron deportados a Babilonia. Con el tiempo, este hecho sería conocido como «la destrucción del Primer Templo y el exilio en Babilonia». Se trasladó al país a nuevos habitantes de distintas partes del imperio, que se establecieron allí y adoptaron el judaísmo, la lengua y la escritura. Según su creencia, son descendientes de los hijos de Israel que nunca fueron exiliados. No son judíos, pues no pertenecen a la tribu de Judá, sino que son descendientes de los israelitas del reino del norte; de hecho, son los guardianes de la Torá original y de las costumbres de los hijos de Israel; de ahí su nombre: samaritanos. Hay un hecho indiscutible: los samaritanos siguieron escribiendo y hablando la lengua hebrea bíblica incluso después de la destrucción del Primer y el Segundo Templo.

Los judíos deportados de Judá se trasladaron juntos a Babilonia y obtuvieron la libertad de preservar sus costumbres y tradiciones. En lugar de hebreo, hablaban y escribían arameo, que entonces era la lengua hablada en la región.

El siguiente gran giro histórico tuvo lugar en 538 a. C. Tras 70 años de exilio, Ciro promulgó un decreto real que permitía a los judíos regresar a la Tierra de Israel. Quienes recibieron la noticia eran miembros de la segunda y tercera generación de exiliados. En teoría, ya deberían haberse integrado a la población babilónica y haber olvidado por completo el reino que sus antepasados habían dejado atrás, pero el anhelo de Jerusalén seguía arraigado en sus corazones. Unas 42.000 personas regresaron al país, la mayoría pobres. Los más acomodados se quedaron en Babilonia, cerca de sus fuentes de ingresos, pero proporcionaron dinero y objetos valiosos a quienes emprendieron el viaje. El retorno duró unos 110 años y se realizó en varias oleadas; se conoce como «el regreso a Sion».

El viaje a Jerusalén duraba varios meses y estaba lleno de dificultades. Los que regresaban recorrían más de 1.000 kilómetros, pero al llegar a Jerusalén encontraban una ciudad destruida, rodeada de pueblos hostiles, con las murallas abiertas y el Templo en ruinas.

Esdras el Escriba en Jerusalén

Unos 70 años después del regreso a Sion y del decreto de Ciro, llegó al país una tercera oleada, compuesta por unas 1.800 familias y encabezada por el líder espiritual Esdras el Escriba. Esdras el Escriba llegó al país en 457 a. C., designado por Artajerjes, rey de Persia. Provenía de una familia sacerdotal distinguida, cuyos miembros servían en el Templo y ofrecían sacrificios. Los sacerdotes eran los únicos que leían la Torá al pueblo, y en torno a esa práctica se desarrolló toda una industria de donaciones que les proporcionaba un sustento muy holgado. Incluso durante el exilio, los sacerdotes gozaban de una posición respetada. Esdras era hijo de Seraías, sacerdote descendiente de la casa de Sadoc, a quien Nabucodonosor dio muerte durante la destrucción del Primer Templo.

Esdras recibió el título de «el Escriba», que designaba un alto cargo en el reino y, al mismo tiempo, reflejaba su profundo conocimiento de la Torá. Artajerjes, rey de Persia, lo nombró oficialmente para encabezar a quienes partían rumbo a Jerusalén. Además, recibió dinero para reconstruir el Templo y un presupuesto fijo para su mantenimiento. Esdras recibió autoridad como juez supremo y tenía derecho a nombrar jueces y magistrados, así como a imponer multas, penas de prisión e incluso la pena de muerte. Su nombramiento era religioso, no político; sin embargo, el regreso de los exiliados a su tierra servía también como recordatorio de Artajerjes a todos los pueblos del imperio de cuál podía ser su destino si se rebelaban.

Esdras llegó a Jerusalén desde una comunidad judía cerrada del imperio y, por eso, los matrimonios mixtos le indignaban. Para los habitantes locales eran algo natural, pues siempre habían existido, como está escrito en el libro de los Jueces: «Los hijos de Israel vivían entre los cananeos, los hititas, los amorreos, los ferezeos, los heveos y los jebuseos. Tomaron a sus hijas por esposas y dieron sus propias hijas a sus hijos». Sansón se casó con una mujer filistea. Algunos matrimonios tenían como propósito sellar alianzas políticas, como era habitual entre la nobleza. Por ejemplo, el rey David se casó con Maacá, hija de Talmai, rey de Gesur. Sobre el rey Salomón está escrito: «El rey Salomón amó a muchas mujeres extranjeras: a la hija del faraón, y a mujeres moabitas, amonitas, edomitas, sidonias e hititas». Sobre el rey Ajab está escrito: «Tomó por esposa a Jezabel, hija de Etbaal, rey de los sidonios». En tiempos de Esdras el Escriba, incluso algunos sacerdotes se casaban con mujeres extranjeras.

Esdras, para conmocionar y llamar la atención del pueblo, se vistió de sayal y se cubrió de ceniza, como se hacía en señal de duelo en aquellos días. Exigió a los sacerdotes y al pueblo que expulsaran a sus mujeres extranjeras y a sus hijos. No todos estuvieron de acuerdo con este severo decreto. El profeta Malaquías se opuso a la exigencia de expulsarlas y les recordó: «¿Acaso no los hizo uno solo, aunque le sobraba espíritu? ¿Y qué busca ese uno? Una descendencia de Dios. Cuídense en su espíritu y que nadie sea infiel a la esposa de su juventud» (Malaquías 2:15). Cabe recordar que en aquellos días no existía el concepto de conversión al judaísmo. La fórmula de convertir a una mujer extranjera se desarrolló muchos años después de la época de Esdras. Más adelante, la cuestión de los matrimonios mixtos también preocupó a los líderes del sionismo. Algunos consideraban un problema los matrimonios de Max Nordau y Shaul Tchernichovsky con mujeres no judías. En 2014, cuando apareció el retrato de Shaul Tchernichovsky en un billete de 50 shekels, hubo quienes se indignaron por su matrimonio con una cristiana. Es probable que, al final, las mujeres extranjeras y sus hijos no fueran expulsados, pero puede decirse que desde entonces y hasta hoy el fenómeno de la asimilación se ha reducido considerablemente.

Después de abordar la cuestión de los matrimonios mixtos, Esdras el Escriba se ocupó del poder del sacerdocio, un asunto cuyas consecuencias aún se perciben. Aunque pertenecía a una familia sacerdotal, al llegar a Jerusalén vio que el poder de los sacerdotes había creado una gran brecha entre ellos y la mayoría pobre del pueblo, un poder que aparentemente provenía de su papel de intermediarios entre el pueblo y su Dios. Esdras construyó una gran plataforma y desde allí leyó la Torá al pueblo. Instituyó la lectura de la Torá los lunes y los jueves, y estableció los signos de cantilación, los mismos que usamos hasta hoy. Así, el pueblo obtuvo libre acceso a la Torá, sin necesidad de recurrir a la intermediación de los sacerdotes, algo que, a la larga, acercó al pueblo a su libro y fortaleció su identidad judía. Un fenómeno parecido ocurrió 2.000 años después, cuando Martín Lutero arrebató a los sacerdotes el monopolio de lo sagrado y fundó la corriente protestante.

Nehemías y la construcción de la muralla

Trece años después de la llegada de Esdras el Escriba, llegó al país Nehemías, que había sido funcionario en el reino de Persia. Lo hizo tras recibir una delegación de los «retornados de Sion», que describió el lamentable estado de Jerusalén, el Templo destruido y las murallas abiertas. Nehemías decidió ir al país y ayudar a sus hermanos. Recibió la bendición del rey para partir y también fue nombrado pejá, es decir, gobernador de Judá. Nehemías iba acompañado de una fuerza militar y política, como correspondía a un gobernador. Era justamente lo que le faltaba a Esdras: un político hábil y un administrador capaz de obtener resultados rápidamente. Al llegar, pasó tres noches recorriendo la muralla destruida y elaboró un plan para reconstruirla. La dividió en tramos y cada familia recibió la responsabilidad de reconstruir el que quedaba más cerca de su casa. Los pueblos de la región comprendieron que reconstruir la muralla permitiría a los judíos fortalecerse y controlar quién entraba y salía. Decidieron sabotear la construcción.

Nehemías se dirigió a los constructores y les pidió que terminaran pronto la obra y protegieran el tramo a su cargo, como está escrito: «Los que construían la muralla y los que cargaban los fardos trabajaban con una mano y con la otra empuñaban un arma» (Nehemías 4:11). Con una mano construían la muralla y con la otra sostenían las armas. Participaron en la construcción 41 equipos, que la terminaron en apenas 52 días. La construcción de la muralla animó a los que habían regresado y les infundió la seguridad de que podrían reconstruir el país y defenderse; es decir, el pueblo judío podía renacer.

Más de 2.500 años después, en las excavaciones de la Ciudad de David, se encontró un tramo de muralla que claramente había sido construido a toda prisa por albañiles poco expertos. Algunos investigadores, entre ellos la doctora Eilat Mazar, identificaron este tramo como parte de la muralla construida en tiempos de Esdras y Nehemías. Para reducir las brechas sociales, Nehemías exigió a los ricos que condonaran las deudas de los campesinos, liberaran a los esclavos y devolvieran a los trabajadores a los campos. Al mismo tiempo, exigió que se siguieran entregando con regularidad las ofrendas a los sacerdotes y a los levitas.

Con la construcción de la muralla, también comenzaron a reconstruir el Primer Templo, que había sido destruido. Algunos habitantes del país que no habían sido exiliados pidieron participar en la obra, sobre todo los samaritanos, que se consideraban el remanente de los hijos de Israel. Esdras rechazó su petición e incluso les dejó claro que no pertenecían a la «descendencia santa». Los samaritanos se sintieron ofendidos y decidieron separarse y aferrarse a su culto y sus tradiciones. Construyeron su propio Templo en el monte Gerizim, igual al de Jerusalén, y allí practicaron el culto al Dios de Israel tal como lo entendían. En el monte Gerizim se descubrió un templo de este período junto con miles de huesos de animales que la Torá menciona como permitidos para los sacrificios. Los samaritanos conservan la lengua y la escritura hebreas originales; hoy escribimos el hebreo con letras asirias que Esdras y Nehemías trajeron consigo.

Las huellas de Esdras y Nehemías

No hay fuentes externas que confirmen la historia de Esdras y Nehemías. Los arqueólogos pueden señalar fácilmente varios sitios del país que corresponden al período en cuestión, como el sitio de Ramat Rahel, que algunos consideran que fue la residencia de Nehemías. Pero, entre todos los hallazgos, resulta interesante uno muy pequeño que demuestra que quien trabajaba y vivía allí había llegado del imperio persa, como una especie de «sello en el pasaporte». Es tan diminuto que necesitamos un microscopio para verlo: el polen.

El polen es un polvo de flores que nos brinda mucha información sobre la flor de la que procede. En el revoque de una de las piscinas de Ramat Rahel se descubrió polen de flores llegadas de Persia en el período en cuestión. No hay mejor evidencia de aquel trabajador judío que recorrió esos 1.000 kilómetros y llevó el polen en su ropa hasta Jerusalén.

El momento culminante de la vida de Esdras ocurrió dos días después de la festividad de Sucot, cuando todo el pueblo se reunió para una ceremonia en la que se selló un pacto con Dios, firmado por Nehemías y 84 jefes de las familias más importantes. Al firmarlo, se comprometieron a construir una sociedad basada en la «descendencia santa» y a vivir de acuerdo con los mandamientos y las leyes de la Torá. Ese momento concentró los objetivos de Esdras: por un lado, el aislamiento de la «descendencia santa» y, por otro, liberar la lectura de la Torá para todos los judíos, sin que los sacerdotes tuvieran el monopolio.

Según el historiador Flavio Josefo, Esdras murió de edad avanzada y «fue enterrado con grandes honores en Jerusalén»; pero, según las tradiciones populares, fue enterrado en Irak.

Unos 2.000 años después, en abril de 1950, el gobernante de Irak permitió que los judíos regresaran a la Tierra de Israel en una operación que recibió el nombre de «Operación Esdras y Nehemías». Algunos de los inmigrantes fundaron cerca de Asdod el moshav Beit Ezra. También se fundó en honor a Esdras el Escriba el movimiento juvenil religioso Ezra.

Fotos de esta historia: עזרא הסופר
הכניסה למושב בית עזרא סמוך לאשדודצילום: Yaakov22, CC BY-SA 4.0, ויקישיתוף